Parados, viendo el tiempo pasar.

El tener que desacostumbrarse a rutinas que en algún momento llegamos a odiar.

Vernos en el espejo y decir “tenemos el tiempo del mundo” mientras los segundos pasan.

No creer que se acerca el fin de una etapa y esperar que todo siga igual.

 

Y, de repente, pasa.

Te pega como uno de esos zapes que sabes que duele más por no verlo venir,

o tal vez sí lo viste venir, pero no hubo manera de esquivarlo.

 

Tu mundo cambió, cambia y cambiará.

Ya no te sientes el mismo, has cambiado.

Sientes la diferencia y lo común al mismo tiempo.

 

Te dicen que debes sobresalir.

Y quieres hacerlo, no sabes cómo empezar.

Te sientes estancado, con miedo.

Piensas que, tal vez, si dejas las cosas como están

sea fácil adaptarlas y hacerlas tu realidad.

 

Volteas a ver todos esos dramas, problemas o inconvenientes pasados

y te ríes al ver que aumentaste su tamaño a comparación de los obstáculos que ahora tienes enfrente.

 

Tuvimos la esperanza de que siempre iba a haber alguien más

haciéndose cargo por nosotros.

Para los suertudos, sigue siendo así.

Pero sabemos que, tarde o temprano,

seremos completamente responsables.

 

Aún así, sin importar los caminos,

todos sentimos la duda;

“¿qué será de mí en cuanto todo decida cambiar?”

 

Por destino, decisión o distintos motivos;

¿Qué será de nosotros cuando nos topemos con la realidad y

tengamos que seguir adelante?

 

Me atrevo a decir que la respuesta es muy sencilla:

Seguiremos.

 

Muy fácil decirlo, difícil llevarlo a cabo.

Quisiera apostarte que será pan comido,

que no te sentirás perdido un buen rato,

que no sentirás miedo e incertidumbre.

 

Pero no soy ni maga,

ni adivina,

ni lo quiero ser.

 

Simplemente soy una de esas personas

que le gusta ver el vaso medio lleno;

agitándolo por los nervios y entrando en shock de vez en cuando,

pero intentando enfocarme en lo positivo.

 

Que sin importar las fallas ni errores,

vamos haciendo nuestro camino.

Empezando a descubrir qué es lo que nos llena, qué nos sobra.

Qué es lo que queremos y a quiénes queremos a nuestro lado

cuando lleguemos a la meta.

 

Con cada paso que damos, sentimos confusión.

Nos sentimos perdidos, sin saber qué más podemos hacer,

sin mover un sólo dedo por miedo a equivocarnos,

dejándonos fluir sin saber a dónde nos va a llevar la corriente.

 

No sé ustedes

pero yo ya me cansé de estar paralizada.

 

Podríamos seguir en esta corriente toda la vida,

porque a veces creemos que es más fácil seguir que intentar.

No nos atrevemos al temido impulso de hacer

lo que realmente nos apasiona.

 

Pero ya me cansé.

De sentir que no estoy completa ni haciendo nada por cambiarlo.


Sin importar cuántas distracciones haya,

cuánto intentemos sentirnos satisfechos,

seguir sintiendo ese vacío sin saber

cómo llenarlo.

 

Sin retos, sin movimientos.

Sin salir de mi zona de confort.

Y la única culpable soy yo.

 

Qué miedo da crecer.

Qué miedo da que las cosas cambien.

Perder, ganar.

Qué miedo da cuando no sabes qué va a pasar.

 

Y aunque le tenga miedo al “¿qué será”?

prefiero arriesgarme por una y mil aventuras,

con cambios que no estaban en mis planes,

con cosas que nunca vi venir

a seguir flotando por la vida.

 

Prefiero tener que buscar esas agallas

que a veces me hacen tanta falta,

no sabiendo de dónde sacarlas

a seguir estorbando en el camino para mis sueños.

 

Y tal vez no sepa exactamente cuáles son,

lo cual me ha congelado bastante tiempo.

Tratando de pensar y esperar que lleguen a mí por arte de magia.

 

Pero no tienen mapa,

no saben cómo llegar solos.

Al fin me doy cuenta que

necesito salir y encontrarlos,

teniendo a la incertidumbre agarrándome la mano.

 

Qué miedo da crecer,

pero qué miedo seguir por la vida sin hacerlo.

Seguir perdidos

sin siquiera intentar buscar una salida.