Por Michelle Galeana

La comida de los recuerdos
Por: Michelle Galeana

El salmón a la plancha con limón y el arroz blanco me recuerdan a mi abuelita Esther. Me recuerdan una época en la que nos juntábamos todos los primos en su casa y después de haber ido al Lori, nos poníamos a jugar con los juguetillos de a peso que nos compraban. Yo tendría en ese entonces como 6 o 7 años y a pesar de que no puedo recordar con exactitud las situaciones, puedo recordar la suavidad y acidez del pescado para rematar con el sabor neutro del arroz blanco. El recuerdo es tan poderoso, que cada vez que pienso en ese sencillo platillo, salivo un poco.

Las noches en Petatlán, Guerrero (de donde es originario mi abuelito Chico) me saben a la cenaduría de Juana Calleja. A sus taquitos dorados ahogados en consomé y salsa, coronados con col y queso rallado. Al arroz blanco con frijoles y queso con su media orden de cecina bien dorada. Aunque la señora ya falleció y yo no me he parado por allí en unos años, su comida me recuerda a cuando visitábamos a mi bisabuela Nela y al limón que tenía en su patio. A los viajes familiares que siempre terminaban en muchos piquetes de mosco, quemaduras por el sol y kilitos de más.

Mi bisabuela Rafaela sabe a chocolates rellenos. Recuerdo que teníamos una pequeña relación de complicidad, en la que, cuando era pequeña, siempre me daba un chocolate Ferrero u otro que no me acuerdo cómo se llama y muy posiblemente ella tampoco; solo recuerdo un delicioso relleno cremoso, que nunca he vuelto a probar. Ahora que soy grande, ya no existe esa complicidad pero existe su magnífico arroz rojo.

El Yakult, los Danoninos y los huevitos Kínder eran la manera de mi abuelito Chico de consentir(se) y, de paso, a sus nietos: cuando nos quedábamos con ellos, no podían faltar en el refri. Siempre que llegaba del trabajo estábamos seguros que una u otra cosa traía. Mis favoritos eran los huevitos, excepto cuando salía el tonto rompecabezas.

Mi abuelita Mari, sabe a comida casera y a infancia. No puedo decidir cuál es el platillo que más me gusta, porque crecí con su comida. Todos –a mi parecer– son excepcionales: las tortitas de papa, el pozole, las verdolagas con carne de puerco en salsa verde. Yums. Tal vez la sopa de poro con papa o los chilaquiles. Si no hubiera sido tan melindrosa como lo fui, hubiera pesado 100 kilos a mis 5 años.

Con mi trabajo (soy reportera gastronómica), me di cuenta que la comida, más que alimentar el cuerpo, alimenta el alma. Alimenta la memoria y –con suerte– algunos platillos quedarán con nosotros para siempre, para evocar un sentimiento tan poderoso que cuando probemos algo que se asemeje o sepa (casi) igual, nos los recordará y con eso las situaciones y personas que tienen un lugar muy especial en nuestro corazón.