La estación de autobuses

Por Mario Marentes

Aquel 24 de diciembre había dado lugar a una de las noches más frías de que se tuviera registro en la Ciudad de Colima. El que fuera un lugar conocido por un invierno envidiable en donde las temperaturas cálidas animaban aún más el espíritu navideño, ahora era escenario de ventiscas y nubarrones como pocas veces se habían visto.

En la estación de autobuses las luces parpadeantes de los adornos navideños, iluminaban los pasillos desiertos de su interior.

–Buenas, ¿le molesta si me siento?

–Perdón, ¿qué dijo?– dijo Anselmo, un hombre cuarentón que se quitó sus audífonos del walkman para prestar atención a su interlocutor.

–Sí, que si me permite sentar aquí, es que quiero estar cerca del baño.

Anselmo no comprendió porque le hablaba, hasta que vio que había dejado su mochila al lado de él descuidadamente, después de sacar los boletos.

–¡Perdóneme señor! Claro, siéntese.

–No te preocupes, mira ten un bastón de caramelo y no, ya sé lo que piensas, pero no soy San Nicolás, me parezco mucho, pero no soy.

Hasta ese momento Anselmo no había reparado en que aquel señor tan extraño iba disfrazado del característico personaje navideño. Era como si hubiera salido de un comercial, su parecido era impresionante. Lo único que no encajaba con el atuendo eran un par de muletas azules.

 

–Quiero quitarme el maquillaje de la cara y el disfraz antes de subir al autobús. El resto de mi familia me espera en Guadalajara. ¿Tú a dónde vas?

–Durango.

–¿Eres de allá?

–No, soy de aquí, pero ahora vivo allá, solo vine a visitar a mis papás.

–¿Y no te quedas a cenar? Aquí y en China, las mamás nunca dejan ir a sus hijos sin cenar.

–No es que…solo vine de paso.

–Pero esa es tu casa ¿no?- preguntó el falso San Nicolás, agregando énfasis con sus profundos ojos azules.

–Mis papás ya no están ahí, esa ya no es mi casa.

–Ah ya entendí…¿hace cuánto fallecieron?

–10 años.

 

Después de aquella parca contestación, el falso Nicolás pensó que era mejor dejar descansar a su compañero de banca. Mientras tanto se fue quitando su blanca cabellera y dejó al descubierto un ralo cabello negro, cortado al ras. Después sacó un periódico, en donde estuvo buscando una noticia.

–Mira– le dijo a Anselmo mientras le enseñaba una noticia que decía: Primera navidad en Berlín– ¿Es increíble no? Ahora después de tantos años, las familias se reúnen.

–Seguramente se llevaban bien antes de que levantaran el muro.

–¡Ah! Ya entiendo, te peleaste con tu hermano.

–Hermana y sí, no nos hablamos desde hace…

–¿10 años?

–Más o menos.

El anciano proseguía con su ritual para desprenderse de aquella identidad falsa.

 

–Todos los 24 vengo aquí…– contaba el viejo mientras señalaba con el dedo índice el suelo. Me gusta alegrar el pabellón infantil donde trabaja mi hija. Ahora con todo y muletas me vine.

Después de eso, se quitó el pesado abrigo rojo, sus lentes dorados sin aumento y una larga barba platinada.

–El bigote y la panza son míos– dijo el viejo, riendo confiadamente. Me llamó Nicolás Salamanca y no, no significa que yo sea él, es solo una coincidencia. De hecho por eso me empecé a vestir así, porque mi esposa me decía que sólo me faltaba el traje rojo. Me encantan las luces ¿son bonitas no?

–¿Del árbol? Supongo, en mi casa solo lo pusimos una vez.

–¡Una vez! ¿¡Por qué!?

Mi hermana lo quemó esa única ocasión. Aunque según ella fui yo, al final creo que lo quemamos entre los dos, todo lo planeamos en conjunto.

–¿Por qué lo quemaron?

–Un vecino nos dijo que era imposible que se quemaran que porque según traían agua adentro, creó que se equivocó…

El viejo se rió tan fuerte que toda la estación se enteró de su existencia.

 

–¿Y ahora ella vive ahí?

–Sí, con su familia.

–Es tu familia también.

–Supongo.

–Sabes– dijo el viejo Nicolás mientras se levantaba– la vida la ves corta y larga a la vez, cuando llegas a mi edad. Pero créeme cuando te digo, que nunca es demasiado tarde, para hacer lo que de verdad quieres.

–Pero, no quiere hablarme, me odia. Y creo que tiene razón de hacerlo, yo…

–¿Qué es lo peor que puede pasar? ¿Que te cierre la puerta en las narices? ¿Que te eche a los perros? ¿Que llame a la policía? ¿Que todos lo que estén en la casa te golpeen y quedes hecho papilla?

–Cuántos ánimos, me siento mejor.

–Me alegra jovencito, si la Navidad no te puede dar esperanza, entonces ¿de qué sirve? Ahora, ¿quien sabe? Quizá esta Noche Buena sea la ayuda que la relación con tu hermana necesita, para que vuelva a caminar.

–Si usted lo dice ¿Quiere que le acompañe al baño?

–No hay problema, aún tengo fuerza. Me voy, necesito quitarme este maquillaje sonrosado– le decía todo esto mientras reía fuertemente. Te diría que le pasaré tus saludos a ya sabes quién, pero ni trabajo para él y ni le hablo, nunca aprendí inglés.

 

Aquella sonora carcajada de despedida, retumbó de nuevo en las paredes de la estación y mientras Anselmo veía su lento caminar hacia el baño, pensó que quizá haría una visita. Sólo necesitaba un poco de tequila.

Una hora después, alguien tocaba tímidamente la puerta del número 22 de la calle Gregorio Torres Quintero.

 

–¡Yo voy! –dijo una voz alegre.

Al encontrarse las miradas de los hermanos Moreno, ambos se sumergieron en un océano silencioso. Se podía cortar con un cuchillo aquella tensión.

–…Hola, traje el tequila que te gusta…¡feliz Navidad!

–An-sel-mo…

–Perdón, sé que me dijiste que no me querías volver a ver…me voy. Te dejo la botella aquí…

La única contestación de su hermana fue un fuerte abrazo, mismo que Anselmo correspondió. La larga cabellera de su hermana, que años atrás era negra como el carbón, ahora resplandecía con hilos de plata.

–¡Familia! ¡Esta noche tenemos casa llena! Háganle un espacio a su tío. Ahora que mejor él les siga contando la historia de cuando quemamos el árbol.

 

Aquella noche del 24 de diciembre en la Ciudad de Colima, el firmamento empezó a clarear justo antes de la noche de Navidad, dejando ver una bóveda celeste que parecía adornada para la ocasión.