Por Sofía Ibarra

Tú, querida mía, estás condenada a observar y a ser observada,
a fijarte si la falda de aquella chica va arremangada,
a saber si sus zapatos son imitación Prada.
Estás condenada a huir de cualquier rebaja,
o por lo menos a fingir que tu cartera de billetes va hinchada.
Tus maestros convirtieron a tu mejor amiga en rival,
desde entonces dejaron de ser un par,
compiten por ser siempre la más inteligente,
y por ser la que va arrancando más suspiros con su mirada candente.
Desde pequeñas nos enseñaron a mirarnos con recelo,
a criticarnos hasta el último pelo,
nos condenaron a querer estar separadas,
porque saben que unidas no seremos contenidas.
Querida mía, perdóname por decírtelo, pero hasta las madres se equivocan,
metiéndote la idea de que las rivalidades entre mujeres nunca terminan,
por favor deja de creerte aquél dicho de que aunque la mona se vista de seda,
mona se queda.