No hay mal que dure cien años

Por Mario Marentes

Una noche, debajo de la brillante bóveda celeste, el leve siseo de una conversación se escuchaba en la oscuridad.

-Están tan ocupados vigilándonos durante el día que ahora ni siquiera voltean para acá.- dijo Agustín. -¿Qué haces? en cualquier momento tendremos que salir corriendo.
-En algún lado leí que todo allá arriba se seguía moviendo y que lo que podemos observar hoy en día, es muy diferente a lo que se podía mirar en tiempos pasados.

-¿Te refieres a las estrellas? ¡Vamos es tiempo!

Un par de sombras atravesaron velozmente el firmamento, dejando tras de si un leve movimiento en el campo. Nadie reparó en aquel espectáculo, ya que la mayoría se encontraba exhausta de la dura jornada de trabajo que había pasado.

-Bien, aquí se pone complicado, no se puede usar luz en el bosque, tendremos que seguir por tu olfato. Sigue este rastro, por favor.
-¿Chile piquín? Que nombre tan extraño, le pusieron ¿y dices que lo comen verdad?- le contestó Carla, una niña pequeña que miró de reojo el cielo antes de entrar en aquella ciudad arbolada.

Era tan espesa la oscuridad que podía sentirse, parecía como si estuvieran caminando en medio del agua. Unos troncos de fino granito, pulidos a detalle, conformaban aquel ecosistema.

-Recuerda que cuando llegues, no debes decir nada de donde has estado, eso no es importante ahorita. Vas con una persona que está detrás de un cristal y le pides un boleto, después le das los círculos metálicos que nos dio la anciana. Recuerda se llama, metropinosuarez.

-¿A todo le ponen nombres tan raros? Me pregunto si se darán cuenta que no soy como los demás. Es por aquí ¿por qué tiemblas?
-Es por el terreno, es muy irregular, regresando a lo que ya hemos platicado, es muy sencillo. Cuando se queden extrañados por tu formal de expresarte, sólo les dices eso que llaman refranes. ¿Te acuerdas de alguno no?

-Creo que sí…
-Pues ahí está, con ese se van a reír contigo y ya después te tomarán como si fueras una niña cualquiera.

A lo lejos empezaron a escucharse los ladridos de los perros, que seguían las órdenes de los centinelas.

-Bueno ya se habían tardado, en cualquier momento soltarán los castores de diesel, venga sígueme.- Agustín, encendió su linterna y tomó la mano de su amiga.
-¿Qué haces no dijiste que no podías usar luz?

Al llegar a la cerca electrificada, el niño la roció con una liquido que traía en una botella roja. El corto circuito arrojó chispas, lo que delató su posición rápidamente.

-¡Ven rápido! Sube a mi espalda, cruza, yo te sigo.

Agustín se quedó en su sitio, reanudando el flujo eléctrico con el impulso de un pequeño aparato que traía en la bolsa.

-¿No vas a cruzar? No podrás correr más rápido que ellos, no corres más rápido que nadie.
-Ahora, si sigues caminando llegarás a la puerta, solo la empujas y ya, lo demás ya te lo sabes. Recuerda lo que es muy importante, es que después de bajar en metropinosuarez te vas a la tienda que se llama: vinosylicoresdoñalupe. Les das la postal, ahí sabrán que hacer. Yo me quedaré a jugar con estos perros.

-Esta situación es francamente absurda, no te entiendo, me voy a quedar aquí.
-Así no habla una niña de la ciudad, ahora vete, te prometo que nos veremos de nuevo y ya verás que todo será mejor. Como lo del espacio que platicaste, el tiempo hará que todo se vea diferente, ya ves lo que dice el anciano: No hay mal que dure cien años.

-¿Prometes que te veré allá?
-Sí, ¡corre!

Antes de cerrar la puerta, Carla escuchó a lo lejos los sonidos de una explosión.

 

– Un boleto a metropinosuarez.
-¿Te encuentras bien? ¿Qué hace una niña sola, tomando el metro tan temprano?
– Ya sabe lo que dicen: el que madruga siempre es más verde.
-¡Qué niña! Toma te regalo el boleto.- Con una gran carcajada la señora despidió a la viajera.

Una mañana cualquiera, en el metro de la Ciudad de México una pequeña niña subía a uno de los vagones. Nadie reparó en ella, ya que la mayoría estaba exhausta por las pocas horas de sueño y por la dura jornada laboral que se aproximaba.