Un glitch

 

Quizá la época dorada del sofá, ese mueble que representa la intimidad y la convivencia dentro de las casas de clase media moderna, y que también simboliza el conformismo y la decadencia del orden social occidental hacia la última mitad de siglo pasado, alcanzó su edad de oro, su máximo valor cultural, con la llegada del televisor. Muchos años esperó el sofá, entre tertulias y escenas amorosas, para volver re-significado en platea. Una butaca desde la que conquistar el mundo, sin necesidad de pagar el costo de las aventuras. Un área pública de la casa donde permanecer aislado y acompañado, al mismo tiempo.

Sin embargo no sería hasta ese fin de siglo que lograría alcanzar cierto nivel de trascendencia. Con la venta comercial de los videojuegos de consola, el sofá recuperó parte de su herencia propositiva ante la tradicional pasividad de la televisión o el video-casete.

El sofá ya sugería un modelo de existencia humana, esbozaba una manera de convivir y organizaba cómodamente la alienación de un pretendido núcleo social. Ahora, con el advenimiento de los videojuegos, le fueron concedidos súper-poderes.

Los primeros juegos de consola resultaron ser al mismo tiempo adorables y psicotizantes, como los primeros sintetizadores y cajas de ritmos. Pong, Paperboy, Super Mario, Donkey Kong, Skate or Die o Pac-Man, programados sobre la base de 8 bits, reproducían una y otra vez sonidos monótonos con timbres penetrantes y secuencias mínimas.  Provocaban hábito y compulsión.

Esta intensa atmósfera íntima aparecía ella misma como una alegoría, o más bien una porción fractal, de los componentes del sistema de interacción social en cuyo seno se gestaba el espíritu de una generación, cribada de violencias contenidas.

Joshua Burge encarna en Abbie a uno de estos espíritus forjados en el abuso permanente, en su propia fragilidad afectiva. Un explosivo emocional recurrente en el entorno narrativo de Potrykus y en lugares como Míchigan, en el interior de USA.

Abbie mantiene con su hermano una relación de sumisión a perversos retos, desafíos imposibles o absurdos que, sin embargo, empoderan su capacidad de auto-sacrificio. Mientras se deshoja el año 1999 nuestro héroe logrará su más revulsiva trascendencia. Sus súper-poderes irán madurando rumbo a un apocalipsis ocurrido en otra dimensión.

El nivel 256 de Pac-Man, que Abbie tiene como meta, es realmente un glitch, un fallo en la estructura de la programación de un sistema de 8 bits, pero también un fallo en la programación del sistema social.

Joel Potrykus filma delicadamente, en Relaxer, una película de encierro que evoluciona, más allá de los géneros, en una realidad alternativa donde nuestras frustraciones tienen, por fin, una respuesta.

 

Facundo Torrieri

www.bunuelos.com.mx

aguilasalmon@gmail.com

BLACKCANVAS FCC, 2018

 

 

RELAXER
Dir. Joel Potrykus

EU| 2018 | DCP | Color | 91 min |

JUEVES 23 | FORO – UNIVERSIDAD DE LA COMUNICACIÓN | 15:30 HRS. | 91 MIN.

** PRESENCIA DE CINEFOTÓGRAFO Q&A

SÁBADO 25 | CINETECA NACIONAL | 18:45 HRS. | 91 MIN.

** PRESENCIA DE DIRECTOR Y CINEFOTÓGRAFO Q&A