Por Gustavo Romero

Los rayos del sol trascienden las densas nubes iluminadas de cítricos colores; sobre la colina decaen, con madurez, las ramas de un árbol de lima, naranja y mandarina formando una cascada dispersa como neblina. Ahí, bajo su sombra vivían Primavera y Verano; durmiendo juntas, soñando.

De la primera sus labios no son pálidos ni rosados, sino violetas como los campos de lavanda que se levantan en el prado, donde las abejas encuentran su edén, su nirvana, un gran resguardo.

De Verano, la miel que ilumina sus ojos mantiene prisionera a una reina de negro y oro, con cuello blanco y brillante como ningún otro.

Su zumbido cada noche dibujaba una melodía de gran belleza y melancolía, reviviendo los años en que el amor se sentía en un vals de corazones y de vida.

Pero corta fue su existencia para danzar sobre los campos violetas en que se extendía, pues el su exceso de amor la condenaron a desprenderse de sí misma, el aguijón de su cuerpo, muriendo por ti, como no debía…