Por Germán Ortega (@Gobi3_1)

Tus momentos, tus sonrisas, tus cursilerías, tus pláticas, tus abrazos, tus consejos, todos esos detalles que me han acompañado desde el primer día en el que te miré a los ojos. Todo eso que he vivido contigo, y que en cuestión de un simple acto de escasos segundos, hayan terminado siendo una simple ilusión que estuvo merodeando en mi mente, cuerpo y alma.

Tu amor y afecto siempre estuvieron presentes, aún y tú no tengas los mismos sentimientos que yo he tenido hacia ti. Aún y todas las noches que soñé contigo, aún y con todas las películas que vimos, aún con todas las canciones que te dediqué, aún y con todas las carcajadas que nos soltamos, aún y con cada consejo que nos dábamos, aún y con cada lágrima que derramamos, aún y con cada abrazo que disfrutamos; y sobretodo, aún con todo lo que imaginaba contigo en un futuro prometedor y propicio.

Y no sólo era tu belleza lo que deslumbraba mis ojos, tu voz que me enchinaba la piel, tus ojos que iluminaban el firmamento, y tu sonrisa simple y encantadora que descontrolaban mis impulsos. Lo encantador de ti era aquello que los demás jamás podrán igualar de ti y que envidiarían en dominar a la perfección: tus mentiras.

Esas que no todos se la creen, que sobrepasan la línea de los pretextos y que se necesita de mucha práctica para lograr efectuar exitosamente. Esas mentiras que te creí en todos estos años y que quisiera igualarlas en algún momento.

Aún y con todas esas mentiras salidas de tus labios y que dolieron (o no) en su momento, el tiempo que he perdido contigo no lo cambio por nada, ni a ti, aún y con mi mundo hecho en gran parte de papel.

¿Será otro detalle más que te dedique esa canción de Noel y Leonel porque mientes tan bien?