(El pequeño duende de las malas ideas)

Por Mariana Martínez

Cuando era niña leí un cuento sobre las aventuras de cuatro amigos que siempre se metían en problemas por sus ideas extremas que solían terminar en desastre, pero no era totalmente su culpa. Siempre que estaban a punto de tomar una decisión entre lo correcto y lo incorrecto se encontraban a un duende travieso, llamado Duele, y a un duende correcto, llamado Aconseja. Aconseja los orientaba a hacer lo correcto pero casi nunca lo escuchaban, Duele, sin embargo, era el que los persuadía a tener una mala idea, divertida, pero mala. Cuando los problemas llegaban y había cosas que, por aquella mala idea, se habían convertido en algo imposible de reparar, aparecía Aconseja, pidiéndoles que en lugar de tratar de reparar el daño irreparable, pidieran perdón por el mal que habían ocasionado. Esta vez, los amigos hacían caso a Aconseja, ya que el dolor que habían causado a los demás era suficiente para que ellos también se sintieran mal por ello. Como niña no lo entendía del todo, no alcanzaba a comprender lo que era el dolor, ahora lo recuerdo y caigo en la cuenta de que ese dolor empieza con una idea.

Una idea, no me equivoco, en efecto, una idea, propia o ajena, que con buenas o malas intenciones cae en el error y termina por lastimar. Claro, el dolor es causado por una herida, luego viene una pausa en la que se asimila la herida y una vez asimilada el dolor hace su aparición.

Por ejemplo: Un joven, millenial, narcisista, cuya mayor aspiración es hacer un truco que sea captado en video para tener miles de vistas y reacciones virtuales positivas hasta volverse viral en la red, tiene la idea de hacer algo excesivamente peligroso y tan poco prudente que pone en duda la existencia de su sentido común y termina golpeándose áreas sensibles. Entra en shock por unos segundos por lo que no siente dolor, antes de gritar hasta que sus ancestros lo miren con lastima.

Esto pasó porque el pobre tuvo la IDEA de creer que podía hacer ese truco sin que su ego se hiciera pedacitos. Lo que, me atrevo a decir, seguramente le causo un dolor insoportable. Ahora, el joven es llevado al hospital donde un doctor lo atiende y sin tacto, le dice que una cirugía es necesaria por hemorragias internas. Aquí entra otro factor: la anestesia. Al terminar la cirugía y la anestesia se pasa el pobre diablo tiene una larga recuperación. Un final no tan feliz.

En algunos casos, el dolor emocional funciona de la misma manera. La idea de decir algo que puede lastimar al otro, ya sea verdad o no, aunque cabe agregar que escuchar la verdad está en la lista de cosas que nos duele más. En esa lista también están los cambios, la perdida, el fracaso, el rechazo, entre otras cosas. En lo personal, el dolor de pensar que no podemos cambiar o resolver ciertas cosas, cuando nos enteramos de algo que está totalmente fuera de nuestro poder y no somos capaces de abrirle paso al proceso del dolor.

Creo que hablo por muchos cuando digo que en algunos casos nos hacemos los fuertes, como cuando nos enteramos que alguien muere y nuestra mente no lo asimila; nos manteneos ocupados, evadiendo cualquier cosa que pueda rompernos, no lo pensamos mucho y guardamos el dolor en un cajón bajo llave y seguimos adelante, o al menos, eso pensamos hasta que nos topamos con un refugio en un vicio, cada quien sabe su vicio. El dolor es como un boxeador que pelea por darse a conocer, pelea por salir de ese cajón de nuestro cerebro, esperando que llegue un indicio que lo haga salir. Es entonces cuando podemos sentirlo, ni siquiera nos da tiempo de evitarlo, solo sale disparado y ni el mejor anestésico funciona, ignorarlo se vuelve imposible y la tristeza de buscar en la mente como ocultarlo nos deshace, duele inimaginablemente y el resultado suelen ser emociones fuertes, ira, miedo, impotencia, arrepentimiento, dolor.

Aunque no nos guste reconocerlo, ser fuerte o valiente no siempre es ser duro, hay que asimilarlo, a veces hay que darse tiempo de no ser fuerte, bajar la guardia, sentir tristeza, estar rotos, no siempre ser la persona que todos quieren, no querer hablar con nadie, dejar que el corazón llore hasta secarse, se vale ser humano. Se vale sentir dolor.