Volver al futuro (La cápsula del tiempo que desenterramos de la Fraternidad)

Por Aarón Cortés

Si Marty McFly hubiese venido a nuestro futuro, en lugar de encontrarse con una sensacional utopía tecnológica con tiburones holograma, habría aterrizado en un extraño capítulo de Black Mirror llamado “Realidad”.

En nuestra versión del futuro los niños no juegan con patinetas voladoras, porque están muy ocupados pegados a sus tablets. No hay hologramas en las calles, solo un montón de anuncios planos que contaminan el paisaje nocturno con la sonrisa de falsos profetas.

Los autos no funcionan con basura, ¿cómo podrían arriesgarse a perder tanto dinero las compañías petroleras?

 Esta es una época donde querer no está bien visto, porque lo importante es tu desinterés por el otro, además de un amplio catálogo de otras personas por escoger, oculto en tu bolsillo. Donde la relevancia de opinión se limita por el número de seguidores virtuales, y el resto del tiempo deberás llenar el vacío del rechazo a través de tus selfies en distintos lugares.

Nosotros destrozamos la ciencia ficción a nuestro antojo para adaptar lo que más nos conviene a nuestra vida cotidiana, olvidando que éste género también puede ser de horror. Nos olvidamos de la idea del futuro como una maravillosa posibilidad, para convertirlo en un mundo post apocalíptico cuyas trivialidades dependen del director de la cinta.

Probablemente si Marty McFly conociera nuestra realidad, se decepcionaría tanto, que volvería reflexivo a su época y disfrutaría hasta el último segundo antes de que la vida le permitiera ver el deterioro del mundo una vez más.

Eres un gallina, McFly.