Te dejo en libertad

Por Sofía Ibarra

Hay canciones que escuchamos a temprana edad y nos pegan como si nosotros mismos hubiésemos evitado que Leonardo DiCaprio se subiera a la puerta para lograr salvar nuestro pellejo. Son piezas un tanto lúgubres, con letras dirigidas a un público específico que busca gritar “MI CANCIÓÓÓN GÜEEEY”, a las tres de la mañana, teniendo un par de tragos encima y con la marcación rápida del teléfono lista para llamar a la razón de sus tormentos.

Porque no importa el lugar, tampoco el momento. Si es la canción indicada, cambiará completamente tu estado de ánimo de un acorde al otro. Tus recuerdos aparecerán en cámara lenta, en blanco y negro, tal como un video dosmilero de Sin Bandera. Te sucederá en el auto, mientras vas de copiloto, en la fila del supermercado, o mientras caminas en la calle; sin haber sentido un indicio de tristeza hasta que algún local lejano decidió ponerla o un transeúnte comenzó a tararearla quizá con más dolor del que tú sientes por esta.

Pero, ¿qué pasa cuando escuchas aquella canción que provocaba un mar de lágrimas en tus ojos cuando ibas en la secundaria, pero esta vez a los 18? ¿O a los 30? Quizá, sólo quizá, al escucharla después de tanto tiempo, finalmente entiendes el verdadero dolor que despide.

Voltearás hacia tu yo joven, lo verás llorando desconsoladamente mientras abraza una fotografía de un amor que probablemente no duró más que un par de meses, pero que se metió en su corazón realmente y reirás al pensar cuánto camino le falta por recorrer todavía.

Pero la verdad, es que somos fanáticos de todo esto. Amamos adelantarnos a las experiencias y de creer que todo lo malo que nos sucede es lo peor de nuestras vidas. De repente, te das cuenta que quizá el dolor no es estar en la friendzone, es notar que los matrimonios fracasan, de que un día dejaste de contestar el mensaje de una gran amistad y decidió dejar de insistir, de que los hijos se marchan y de que no importa qué tan preparado estés, la vida siempre sorprende.

Llega un momento en el que logras escuchar cada minuto de la canción sin derramar una sola lágrima que sirva de ofrenda para aquél recuerdo, ese que tan feliz te hizo y terminó haciéndote tanto daño. Sientes una mano cerca de tus orejas, poniéndote unos audífonos que reproducen una melodía que jamás habías escuchado, o te dirigen hacia una pista de baile para que tu cuerpo y el del otro se sincronicen al compás de la música, y es ahí, abrazando aquella espalda, sintiendo el aroma de su cuello y teniendo la mente mareada por tantas piruetas, cuando piensas: “Algún día esta canción me hará llorar”, pero no es la música, es el recuerdo, son los pasos, el entorno, repites ese pensamiento una vez más y decides disfrutar el momento, alejando la inseguridad de tu mente, la ves de frente y finalmente le dices: “Te dejo en libertad”.