Mi mamá destruyó mi cebra (¿Me prestan diurex?)

Por Aarón Barrios

¿Quién no podría escribir un sinfín de anécdotas acerca de las madres? Unas graciosas, otras tristes, unas más con un aprendizaje. Las madres son aquellas que nos traen a este mundo y la mayor parte del tiempo las miramos con un poco de recelo.

El trabajo más complejo en la faz de este planeta es exactamente ese, el de madre. Todo el tiempo están tras de nosotros, los hermanos, la familia. Podría hacer una oda a todas las actividades que realizan y sin más, redactar un gran apéndice con hechos heroicos realizados por ellas, pero esta vez, no haremos una fanfarria hacía las grandes señoras; eso generalmente lo hacen otros articulistas el día de las madres. El tema a tratar es la percepción que tenemos hacía su rol.

Mencionado antes está que las madres tienen una titánica actividad; mantener todo el ecosistema alrededor de los hijos en equilibrio. No se sabe la forma en la que lo logran, ni el artilugio mágico que tienen para poder lograr tantas actividades en cortos lapsos de tiempo. Para uno como hijo, la temporalidad se vuelve relativa dependiendo de la edad. Para ellas, como tutoras responsables se vuelve cuestión de minutos cumplir una misión. En algún caso, en particular en nuestro querido México, las madres tienen un elemento por añadidura que es: mostrar cómo convivir en un núcleo social. Ellas son las encargadas de reprendernos en momentos incomodos, cuando nuestro instinto salvaje y primitivo sale a flote. Cuando el padre, no quiere afrontar una situación que sabe terminará mal ¿qué hace? Nos envía a resolverlo con nuestra madre.

Así es como varías veces mi madre destruyo mi cebra… y supongo a varios más les pasó; permisos no dados, reprendas que parecían no tener un motivo evidente, frustraciones originadas por pagar hechos que no habíamos realizado. A todos ellos y mil elementos más que faltan por enlistar los podríamos catalogar como nuestra manada de cebras, que una a una se fueron rompiendo, tratamos de repararlas, algunas no vivieron para contarlo, otras pudieron obtener mejores oportunidades. Al final sólo nos quedó una cebra y con ella kilómetros de cinta que la habían reparado. Y con todo esto, ¿hacia dónde voy? En esta sociedad contemporánea (que en lo personal considero empieza a rayar en lo alter moderno) la matriarca es la figura a la que algunos guardan resentimiento, hay que reconocer que nuestros sistemas son patriarcales, dando el “privilegio” a los padres de decidir sobre otros menesteres para sus vidas, cuando la que realiza el mérito pero “paga el pato” es la madre. Mi intención no es que todos seamos feministas o pro-feministas, sino evidenciar algo que hemos normalizado en nuestro cotidiano. Y que es importante que se le de atención.

Hoy después de un par de décadas y algunos años, por fin entiendo el rol que vivió cada uno de mis progenitores. Afortunadamente tuve la oportunidad de crecer en un matriarcado (sí, en mi entorno sólo hubo mujeres a cargo de las familias y mi padre falleció cuando yo era pequeño) y eso me enseño que fuera de los estereotipos y los roles heteronormados y capitalistas. Las madres son las encargadas de los detalles incomodos, de aquello que no nos gusta y que al final de cuentas lo hacen para bien. Habrá sus debidas excepciones. Así que ahora que estén en casa y miren a su cebra rota pero como toda una sobreviviente puedan ser empáticos y reflexionar sobre ello. Nadie nos enseña a ser padre y por dicho motivos hay equivocaciones, la mayor parte de las veces fue porque en ese momento creyeron era lo mejor. Así que… a sacudirnos el resentimiento y mirar con agradecimiento toda la labor y horas invertidas para que nosotros tuviéramos un bienestar.