El Club de la Pelea (Regla número 1: Nunca hables del Club de la Pelea)

A continuación, encontrará una breve reflexión sobre lo que somos, sobre nuestras decisiones diarias y sobre por qué carajos nunca nos sentimos completos.
Y sin ánimos de que ésto termine siendo una recopilación de palabras de autoayuda o superación personal, no siga ‘nada’ al pie de la letra. O tómelo de la mejor manera.
Al final, este texto terminará siendo spam.

Sabemos que nos encantan los extremos, y por eso, solemos pasar de una euforia contagiosa por la vida hasta acabar con episodios críticos, donde nuestra plena existencia deja de importarnos. El sentirse incompleto, porque ‘algo’ falta, es tan común en todos nosotros que suele pasar desapercibido entre nuestra rápida y efímera cotidianidad.

Por todas partes hay titanes edificados que nos demuestran que somos una mínima parte de la población; una hormiga que en cualquier momento puede ser aplastada -a veces, por su propio peso-.

Como buenos seres humanos -y dejo abierta la cuestión sobre este adjetivo- buscamos el orden, las respuestas rápidas, lo mejor y lo más eficaz; pero, ¿qué porcentaje de lo que aparentamos día a día es lo que verdaderamente estamos siendo?; partes irregulares dentro de nosotros tratando de encajar en un todo, y ésto, simultáneamente se convierte en un imposible cuando nuestros pensamientos y acciones se contradicen.

Nos las arreglamos para salir de casa dispuestos a soportarnos e ignorar nuestras pasiones más profundas. Hay momentos en los que nos preguntamos por qué a lo largo de nuestras vidas nos hemos ahorrado llantos, gritos y demás penas, por no querer sentir la vulnerabilidad en su máxima expresión.

También, la sombra del casi nos persigue y la tolerancia se resiste: “casi lo logro”, “casi gano”, “casi termino”, “ya casi soy feliz”. ¿Cuánto más es necesario esperar para alcanzar la plenitud? ¿O acaso es imposible llegar a ésta? Tal vez sólo es cuestión de aceptación, de no buscar siempre lo mejor dañando al otro, de vernos al espejo desnudos, de ver nuestras pieles cicatrizadas y marcadas por el tiempo, y sentirnos limpios de aquellos depredadores que gozan de nuestra necesidad de consumo; ser capaces de aceptar nuestra fragilidad como personas, quebrarse ante las tempestades y regocijarse colectivamente después de la mismas; varias veces nuestros actos no van de la mano con nuestros ideales, porque no sólo somos razón, sino que también las emociones nos conforman.

Dejemos que nuestras contrapartes se cuestionen, que propongan antítesis ante cualquier dogma. No demos por sentado lo que aún se está transformando. Seamos nuestra propia deconstrucción moral, y reafirmemos nuestros deberes éticos.

Y no olvidemos que después de todo,
somos posibilidades infinitas.