Por Antonio Carrillo

TUDEIDONUM

La mayoría de los niños solían reunirse para, de una manera un tanto desagradable, mirar y, posteriormente, cortar las flores que más les atraían, siempre se juntaban en grupo para divertirse con esa actividad. Cada que tenían tiempo, se juntaban alrededor de ellas como si fuesen abejas en primavera, pasaban horas y horas cortándolas en el gran parque o en el enorme patio de su escuela que, al parecer, se convirtieron en los puntos predilectos para sus encuentros. Siempre hacían la misma rutina, ganaba el que cortaba la mejor y los demás niños lo alababan por su victoria, durante ese día se convertía en la envidia de los demás y al término de éste, lo único que quedaba era botar al suelo las flores marchitas y todos juntos regresaban a sus respectivas casas mientras contaban sus logros y hazañas más reconocidas de juegos pasados. “¿Recuerdan cuando tuve aquellas dos rosas blancas?”-decía uno, “No se compara a la vez que yo encontré esa extraña margarita aquel día de enero”-respondía otro, y así seguían por el camino hasta que llegaba el momento de separarse.

Otra clase aburrida para los chicos, ansiosos de salir a jugar, transcurría normalmente en la escuela cuando al abrirse la puerta del salón entró el director acompañado de un niño que nadie conocía, su nuevo compañero se presentó y se sentó en el único lugar vacío; al comienzo del receso todos le propusieron, con afán de integrarlo al grupo, que se aventurara con ellos en una nueva búsqueda, al pequeño le pareció totalmente absurdo que, tanto en cada grupo de niños que conocía como escuela a la que llegaba, sólo existiera esa única y peculiar forma de diversión, desinteresado negó la invitación y se fue a por otro lado. Mientras caminaba sólo se preguntaba cuál era el afán de los demás por esa actividad, él había cortado muchas flores, de diferentes tipos y colores, años atrás cuando era más pequeño, tratando de imitar a sus mayores, y nunca encontró eso tan divertido que los demás tanto disfrutaban.

Raudamente todos salían al enorme patio en busca de superar su cosecha anterior, llegaban a lugares cada vez más lejanos y recónditos, hacían cosas inimaginables para encontrar otra flor, otra más rara, grande o colorida con la que aseguraran la victoria ese día, hacían lo mismo, todos menos su nuevo compañero. Él prefería recostarse y dormir, pues, no había nada nuevo que lo sorprendiera y, además, en cualquier lugar en el que descansaba había una gran variedad de hermosas flores que también disfrutaban descansar con él, cobijados con la sombra de los frondosos árboles y arrullados con el dulce canto de las aves. Al estar ahí no se explicaba cómo los demás podían tratar de buscar algo que, sin esforzarse, podían hallar en cualquier lugar en el que se encontraran.

En otra tarde sin quehacer, el sol brillaba en lo más alto de aquel campo solitario al que le gustaba acudir, el somnoliento chico se dirigió hacia una jacaranda que lo llamó con su vivo color, aquel árbol grande sobre el verde césped que cubría parte de sus gruesas raíces. Al recostarse se sintió incómodo, como si alguien lo mirara fijamente y en silencio; permaneció así un largo rato, inseguro, hasta que no aguantó más y volteó, no había otra cosa que el botón de una flor, uno muy pequeño. Se quedó ido con la mirada fija en éste, no supo si por la sensación anterior o por otra cosa que no entendía, pero no pudo apartar la vista, permanecía inmóvil. Era evidente que sus ojos tenían cierto efecto en el brote y viceversa, pues, uno comenzó a abrirse lentamente y mientras éste se abría las lágrimas del otro manaban.

Nunca había sentido la necesidad de permanecer a lado de otro ser vivo, mucho menos de una flor, anteriormente tuvo la oportunidad muchas veces, sin embargo, el albor que emanaba le impedía pensar lo que hacía, su razón lo había abandonado por completo. Se quedó ahí con ella las interminables veinticuatro horas en las que sus aromas se mezclaron y se introdujeron hasta lo más profundo de sus seres, en los que sus pétalos primerizos lo rozaron al ritmo del viento hasta marchitarse.

A él le pareció el hecho más relevante y trascendental de toda su vida, probablemente el único, a pesar de lo efímero. Realmente ni el tiempo transcurrido, ni lo sucedido, ni en dónde… nada importó después, estaba hecho; ni siquiera deseaba repetir el momento, al contrario, tan sólo pensarlo le hubiera parecido una ofensa, pues, sabía que aquella pequeña flor no volvería a crecer jamás, que se había marchitado, y él con ella. Por más triste que le resultaba aceptarlo, era la verdad, pero le quedaba el recuerdo y la certeza de lo ocurrido, no necesitaba otra cosa. Era la única flor a la que había observado con interés y él lo sabía, la única por la que se había desprendido del mundo por un momento, esa lejana y parva flor, su único sentimiento sublime, ese Jazmín. Mientras recreaba por última vez la hermosa imagen mental de ella para sí, decía: “Tú, sólo tú…”