CALLE

Por María Herrero

On dit dans la rue

La calle los observa.

Caminan lentamente, parece que no tienen un lugar al que ir pronto, no se miran mucho, están serios.

Él mira hacia el frente y ella mira el suelo, lo mira con tanta atención que pareciera que quiere distinguir cada línea en el cemento. Ninguno habla.

La noche es fría, hace algunas horas llovió.

Hace algunas horas sus humores eran diferentes.

Hace algunas horas no estaban en la calle, no tiene mucho que se encontraban bebiendo en un bar.

¿Cuál ha sido el problema? No se sabe.

Él ha cambiado de humor y ella tiene miedo de preguntar, quizás la gente en el bar, quizás la música que él odia, tal vez fueron los hombres que se le acercaban a ella cuando él iba al baño y que ella simplemente no lograba ahuyentar de forma amable. Tal vez dijo una tontería sin darse cuenta y ahora él está molesto por eso.

Pero antes de todo eso, antes de que todo se volviera silencio en la oscuridad de la calle, hubo risas y besos, hubo chistes locales, chistes de esos que siempre se cuentan o recuerdan cerca de otras personas que los miran confundidos porque no estuvieron con ellos el día que el chiste nació, justo como la ocasión en la que salieron a buscar tacos y él rebautizó a los perros de la cuadra, o la noche en la que él decidió acostarse en plena calle y cantarle una canción, también estaba aquel del día que un amigo hizo un comentario tonto y ahora ellos lo usan a cada momento; ese tipo de chistes locales.

El punto es que, en este instante, mientras ambos caminan, no hay chistes ni risas. Ella intenta iniciar una conversación, pero él contesta cortante, aún quedan varias cuadras antes de llegar a casa de ella así que hay dos opciones: o todo termina peor, o todo se arregla.

Entre ellos esas son las variables, está claro que incluso si se pelean en este momento, lo más probable es que dentro de unas semanas lo vuelvan otro chiste local.

A ella eso le agrada, pero no quita que se preocupe.

La temperatura sigue bajando y ella tiembla sin querer, él ya había preguntado si quería la chamarra, pero ella dijo que no.

Por primera vez en el trayecto él voltea a verla, ella intenta disimular el frío y le sonríe, no funciona, él la conoce bien, sabe que se calla las cosas para no molestarlo, aunque al parecer eso le molesta más, ¿tan difícil es decir las cosas?

Él odia que ella calle, quiere que le diga que tiene frío, siempre es igual, ella se calla y él tiene que adivinar lo que sucede.

Por eso se quita la chamarra y se la da, ella reniega con la cabeza y sigue caminando, él se queda quieto obligándola a regresar y tomar la chamarra.

Ella se la pone y le da las gracias, parece tonto pero ese gesto basta para tranquilizarla, no se necesitan muchas palabras para hacerla feliz.

Siguen en silencio, pero esta vez es un silencio diferente, ya no se siente tenso sino tranquilo.

Ella mueve la mano hasta tomar la de él y curiosamente él no la quita.

A ella le harta que él lo haga, cuando está enojado con ella no la deja tocarlo, por eso es buena señal que no le quite la mano, en cambio él también aprieta la de ella.

Tal vez es eso lo que la envalentona porque acto seguido se detiene y voltea para darle un beso, no es tierno como los que suele darle jugando sino un beso más apasionado, un beso que le eriza la piel, de los que hacen temblar, y provoca que él pregunte si aún tiene frío, ríen.

No, esta noche no hay problema.