SINSABOR

Por Sofía Ibarra

Sentada en una esquina de mi habitación, comienzo a repasar desde una pantalla todas las palabras escritas por sus pulgares. Busco pistas escondidas en nuestras canciones, algún indicio que confirma que todo esto fue real alguna vez. Me quedo atrapada en una fotografía que fue tomada por casualidad, noto cómo esa mirada que le dedico resume todas las veces que vi dentro de sus ojos y pretendí que era mío.

Mi boca drena todos esos reclamos que no se atreve a decirle, filtra cual coladera todos los sentimientos que cruzaron por mis papilas, aunque sobra decir que siempre quedan unos cuantos residuos. Lavo, tallo, enjuago, y por más que intento quitar el sabor que me deja, sólo consigo que se desvanezca ese toque dulce de ilusión, volviéndolo amargo tras combinarse con un poco de realidad y pasta dental.

Me levanto, reproduzco música aleatoria y me doy cuenta que incluso hizo un pacto con la música para torturarme.  No había una sola pieza que no estuviera entrelazada con una historia que, al igual que todas, tiene un final. Mis manos se encuentran estancadas sobre el teclado de la computadora, incapaces de poder hacer versos con aquel sentir. Mi vista siempre encuentra su apellido en los créditos de las películas y mi corazón se exalta cuando ve una silueta parecida en la lejanía, teniendo la esperanza de contar con su presencia una vez más.

Cuando me envuelve la oscuridad de la noche y mis párpados comienzan a cerrarse, múltiples recuerdos golpetean mi cerebro. Los gritos taladran mis oídos y la sensación de necesitar la protección de sus brazos cada vez se vuelve más vaga. Es impresionante lo largo que puede ser el olvido, pero es algo que alimento por decidir qué parte extrañar de nuestra historia.

La resaca de las memorias cobra factura por la mañana, pero ahora su pago no será a base de sollozos o lágrimas. La remembranza sin filtros favorecedores a su persona comienza a tener efecto y la coladera pasa de estar en mi boca a bajarse directamente a mi pecho. Sus acciones comienzan a caer dentro, acompañadas de las señales de afecto que sus labios mandaron, de las gotas cristalinas con las que mis ojos le rogaron y las siluetas de dos almas danzantes que creyeron que tenían un destino juntas.

Al caer el último jirón de su recuerdo, me invade una sensación indolora, que no peca pero incomoda y que le demuestra a mi boca la oportunidad de probar nuevas memorias, ya que a las que está acostumbrada finalmente se quedaron sinsabor.