WOW

Cuando tenía más o menos seis años la vida me parecía un juego, una tontería, una película. Tal vez no estaba tan equivocada.

A los seis años todo parecía tan estático, tan alejado de la crueldad, tan simple todo. Me divertía con sólo tener tazos en la mano, algunas cartas de Yu-Gi-Oh! y diez pesitos, qué claro, alcanzaban para mucho más que en la actualidad. Bueno, tampoco es que necesitara tanto, porque para mi pequeño mundo concentrado en un jardín, y sentada a lado de Andrés, el que fuese mi mejor amigo, era suficiente. No conocía los excesos, los suficientes, las ausencias más intimas ni tampoco las necesidades que ahora sobrepasan a nuestra matrix.


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No pensaba en querer o buscar más. Todo encajaba sin preocupaciones; en ese momento no importaba quién quería ser, a los seis años no pensaba en las tantas posibilidades y probabilidades del “quién soy” o quién no, simplemente quería estar hasta tarde jugando play station o andando en bicicleta. La concepción de un(os) futuro(s) no me preocupaba.

Años después, y queriendo escribir acerca de los niños me cuesta tanto que no logro ponderar la importancia de esta etapa en cada uno de nuestros presentes. Pero quiero rescatar una de las capacidades más humanas que podemos apreciar, como lo es la sorpresa o la admiración, y que desde niños ésta es (casi) incorruptible; tan cercana a nosotros que no nos damos cuenta de su presencia hasta que escasea y dejamos que se esfume entre horas de trabajo, de estudio, deudas (emocionales), y aquellas marcas de desvelo que a veces odiamos tanto. A mi parecer, del asombro parte la mayoría del mundo emocional y racional.

Por ejemplo, Edipo, un hombre atormentado por su destino, que si éste no le hubiera causado estupor no habría tragedia ni tampoco analogías sobre el amor hacia la madre que contar; o si Marco Flaminio Rufo no hubiera tenido interés por ir en busca de la Ciudad de los Inmortales, o Páramo respecto a Cómala.

El asombro, como esta parte vinculadora y que nos comulga como seres anímicos, es un block de lego que posibilita nuestra curiosidad hacia detalles (no) naturales, para lograr construir nuestras realidades y nuestras memorias. Entonces, apuesto por una contemplación desde la admiración, para después pensar, sentir y crear.

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A cada uno de nosotros nos ha pasado que estando tan metidos en la cotidianidad no nos damos cuenta de cómo transcurren las estaciones del año, ¿en qué momento las hojas de los árboles dejaron de caer?, ¿en qué momento los pájaros dejaron de cantar?, ¿por qué lo dejaron de hacer?

 

El asombro es el fuego que nos aviva y nos alivia. Abracémonos de éste.


 

Portada: Angélica Enríquez (@angie_latte)