Navidad no voluntaria

Nunca te percatas de cuantas ganas tienes de llegar a casa hasta que tu camino se ve afectado por una tormenta de nieve, pero claro, es diciembre y el Océano Atlántico no es tan pequeño como el dicho que lo pinta como un charco.
Cuando tienes las resplandecientes luces europeas ante tus ojos, sientes que están brillando sólo para ti; conforme se acercan las festividades asistes a más brindis y chocas tantas copas que parece no tener fin, te pierdes entre rostros de distintas tonalidades y de diferentes idiomas, entonces es cuando comienzas a dejar en segundo plano a tu tierra con calor de hogar y de miradas siempre alertas.
Salí de mi gélido y ya conocido entorno para volar hasta uno más templado y con aires de mi juventud, teniendo un humor peor que Ebenezer Scrooge en estas épocas o bueno, para los mexicanos, peor que el de Paquita La del Barrio cuando se dio cuenta que su rata de dos patas era un inútil.
La escala de mi vuelo era en Nueva York, Estados Unidos, por lo que me la pasé todo el trayecto hasta ahí ideando cómo escaparme de conversaciones incómodas con mis tías, las cuales siempre me bombardeaban con lo mismo: ¿Y la novia mijo? Ya era para que te colgaras de una rubia bonita como las que andan por allá. También me puse a pensar como lidiaría con la mirada de mi padre cuando le pidiera una ayudita monetaria porque me despidieron de mi trabajo, de seguro mamá estará de empalagosa como siempre y no creo poder aguantar verla llorar por cuarta vez cuando me suba al  avión de regreso.
Por pensar en mi cercano martirio, ni siquiera vi bien la hora en la que llegué al Aeropuerto Internacional John F. Kennedy, pero comenzó a intrigarme que el tiempo pasaba y mi vuelo no llegaba. Dos horas de retraso se convirtieron en cuatro y justo cuando comenzaba a cumplirse la sexta hora, mi cabeza estaba al borde de la desesperación al ver esa tremenda cantidad de nieve caer tan violentamente.
Mi mamá me llamó angustiada, diciéndome que vio en las noticias la terrible tormenta que estaba azotando a Nueva York y eso de cierta forma terminó empeorando todo porque ahí estaba yo: Varado en otro país, sin poder salir del aeropuerto y sin un por ciento de ganas de estar en la dichosa cena de Navidad familiar, mientras ella estaba hecha un mar de nervios porque su retoño quizá no alcanzaría a llegar a la “Celebración”.
Las horas de encierro provocaron que me planteara la razón por la cual no quería regresar a casa; quizá todo comenzó el día en pasé una noche con mi primera novia a los dieciséis años, mis padres regresaron antes de la boda de una tía y nos vieron en pleno acto, en la premisa de todos mis actos, mamá comenzó a gritar como loca ahuyentando a la dueña de mis gemidos, mientras mi padre daba gritos de alegría y llamaba a sus hermanos para anunciarles que “Su hijo ya era todo un hombrecito”, mientras mi madre lo fulminaba con la mirada y me cocía a groserías.
Seguramente pensarás “Ay, mugre escuincle exagerado”, pero vamos, imagínate que todos los hombres de tu familia llamaron esa misma noche para felicitarte, tu tía la santa mandó a dedicarte una misa para que “Se te saliera del cuerpo y de la mente el pecado de la lujuria” y que cada reunión familiar posterior al suceso culminara en algún punto con la mención de ello.
Sí, por eso no quería venir, porque finalmente puse un océano de distancia entre los chismes familiares, los hostigamientos y las intromisiones, finalmente había aire de paz en mi vida.


¡Zaz!

Se supone que llegaría el veintitrés a México, ya es veinticuatro y sigo aquí, mamá debe de estar histérica, mejor apagaré el teléfono. Abrí mi maleta y cayó un álbum que mamá me dio el año pasado, tenía fotos de toda mi vida en él y como mi vida la estaba continuando en Europa, me hizo prometerle que lo llenaría con nuevas aventuras, comencé a hojearlo y encontré una foto con mi papá en el que fue mi primer partido de fútbol, pasé a la hoja siguiente y ahí estaba yo, vestido con un disfraz de pollo para un festival en la primaria, al seguir cambiando de página vi fotos con mis primos en casa de la abuela en Cuernavaca, fotos con mis tías en mi Primera Comunión y fotos con mis tíos haciendo mi primer brindis de año nuevo.
Quizá no todo era malo en mi familia, en realidad mi infancia fue una gran etapa gracias a todos ellos, son entrometidos y molestos, como lo también lo pueden ser los tuyos, pero son maravillosos; tienen la combinación  de locura, tonterías, chisme y amor que toda familia necesita para poder ser considerada perfecta.
Mis piernas comenzaron a sentirse débiles, mis ojos comenzaron a nublarse por un extraño líquido que jamás pensé que mi familia pudiera provocar que saliera y me dieron unas enormes e inusuales ganas de abrazar a mamá, darle un beso en la frente, darle un apretón de manos a papá y que me desordene el cabello como siempre lo hace, comencé a saborear los romeritos de la abuela y el vino especial que guarda el abuelo en la repisa más alta, a pesar de que todos los nietos ya podríamos alcanzarlo, comencé a idear qué adivinanzas haría para el juego que siempre organizamos los primos y cómo me quitaría de la mejilla el labial de todas mis tías.
Llegó un punto en el que me di cuenta que extraño mi casa, a mi  gente, y que por más que me aleje siempre me alcanzarán las ganas de volver a donde empezó todo, aunque intente huir.
De repente, una voz mecanizada pronunció la oración más melódica que mis oídos podrían escuchar: “A todos los pasajeros del vuelo 0749 con destino a la Cd. De México, se les pide que aborden por la puerta seis”
Eso era todo, al fin iba a casa.

 

Texto por Sofía Ibarra

Imagen por Jessica Osorio