La felicidad a pinceladas

Las escalinatas del metro Bellas Artes siempre reciben a los transeúntes con un semblante romántico y parisino, tal como Porfirio Díaz lo deseó. Cientos de personas pasan por ahí todos los días y me parece que todos son de tonalidades grises, marcados por la monotonía y la prisa, por eso siempre escojo sentarme frente al acceso, para ver a la multitud pasar y así poder dibujar la realidad cotidiana, pero teniendo el poder de agregarle colores vivos.
Señores trajeados de color negro y semblante serio, estudiantes cansados de levantarse tan temprano y vendedores ambulantes cargando su mercancía, son algunos de los tipos de personas que veo pasar y sinceramente son mis favoritos; me gusta imaginar que debajo de esos trajes sobrios hay espíritus extrovertidos que ríen en voz alta y que gustan de usar calcetines coloridos, teniendo la satisfacción de que debajo de tanta formalidad, llevan consigo algo que representa su verdadero yo espontáneo. Me gusta imaginar a todos esos estudiantes desmañanados en su graduación, firmando las playeras de los uniformes y brincando con sus togas puestas, me emociona pensar la reacción de una vendedora ambulante al tener un gran día de ventas y su retorno triunfante a casa, en la cual sus hijos esperan ansiosos su retorno.
Pinto la felicidad que muchas veces las personas se niegan a alcanzar y vivo de ello, los opuestos opacos se atraen con los luminosos colores de mis pinturas y los clientes gustosos se llevan una pieza de mi arte, lo que me permite mantenerme día a día.
Una mañana fría, se escucharon unos pasos diminutos comparados con la enorme presencia de la urbanidad, una silueta menuda apareció del fondo de las escalinatas hasta dejar ver a una joven cuya mirada no se despegaba del piso, su andar se notaba introvertido y a diferencia de los demás, no volteó a mi pequeño espacio artístico.
A partir de ese día no dejó de aparecer y a pesar de que las mañanas pintaban diferentes su expresión seguía siendo la misma, era el caso de tonalidad grisácea profunda más severo que había visto, aunque tenía la sensación de que debajo de todo aquello había una calidez mayor a mil soles.
Dejé de pintar a los demás y me centré en ella, proyectándola como una diosa del Amazonas, una princesa de una tierra encantada, una heroína fuerte que defendía al mundo, hasta que me di cuenta de que su felicidad podía estar encerrada en cosas simples de la vida, por lo que la pinté ante campos floreados de tonos pasteles, envuelta entre las páginas de un libro encontrado en una gran librería, degustando un algodón de azúcar entre la multiculturalidad de la Alameda Central o admirando la grandeza de la Ciudad de México desde el mirador de la Torre Latino.
Quienes pasaban a la misma hora que mi musa, comenzaron a darse cuenta de que todas mis creaciones eran para ella y cuando subía por las escaleras, los presentes estaban atentos a la espera de que finalmente volteara y se diera cuenta de la felicidad que podría tener si tan solo se lo permitiera, pero durante ningún amanecer en el que ella pasaba por ahí lo hizo.
Siempre salgo por el metro Bellas Artes para dirigirme al trabajo, no miro hacia ningún lado porque no me gusta el contacto visual con las personas. Hay veces en las que simplemente camino por inercia y realizo mis actividades de modo mecanizado, porque no es algo que me sacuda el alma, algo que me motive y que me haga saltar de la cama todos los días porque realmente disfrute hacerlo.
Esta mañana, al subir las escalinatas del metro, me percaté por primera vez de que hay un pequeño puesto de pinturas, en el cual se puede ver a una hermosa chica en diversas piezas, sonriente, con las mejillas salpicadas de un tenue rubor rosáceo y con una mirada vivaz; realmente parecía que podía hacer lograr lo que quisiera, su fuerza de voluntad traspasaba los cuadros y te contagiaba, ojalá pudiera ser así, pero no hay una sola semejanza entre ella y yo.
Me asomé detrás de los cuadros y vi que no había nadie, lo cual era una lástima, hace mucho tiempo que no me nacían ganas de entablar una verdadera conversación con alguien. Los minutos pasaron y de un momento a otro ya iba tarde al trabajo que odio, con un jefe que detesto y para conseguir un sueldo mísero que me daba solamente para lo básico; volteé a ver nuevamente los cuadros y vi uno en el que la chica estaba en medio de un tumulto de gente, mirando ligeramente hacia arriba y con una sonrisa verdadera, que irradiaba paz, el tipo de sensación que buscaba sentir desde hace bastante tiempo.
Caminé hacia el frente junto con cientos de personas, decidida a abandonar aquella rutina monótona en la que estaba viendo, para tal vez, solo tal vez, parecerme a la chica de aquellos cuadros.

Texto por Sofía Ibarra