El regalo o la sonrisa de la calavera

El centro de la Ciudad de México se encontraba adornado para las fiestas decembrinas, cientos de brillos brotaban de los viejos edificios de piedra que rodeaban la plancha del Zócalo.


¡Hola Beatriz! ¿Cómo ves la asistencia de este año? es increíble la cantidad de gente que esconde nuestra ciudad.- dijo Tomás Sevilla, un compañero regular en las carreras citadinas.- Gracias a estas competencias no pierdo la cabeza, el mundo se ha vuelto loco últimamente ¿no crees?


Ni hablar, sólo nos queda seguir corriendo.- le contestó Beatriz.


Ella nunca se imaginó que habría tanta gente dispuesta a correr un medio maratón en pleno invierno, después de recoger su número de registro, entre tantos asistentes perdió de vista a Tomás. Era tiempo de empezar a calentar e iniciar la concentración necesaria y para su suerte se dio cuenta de un grave error que había cometido. Aquella mañana por estar absorta en la admiración de un pequeño árbol navideño que habían colocado en la entrada de su edificio, se le olvidó verificar si traía consigo su reproductor de música.


 Y esta mañana, les traeremos un programa especial con los mayores éxitos de los pensamientos de Beatriz Altamira, patrocinados por su subconsciente.- dijo Beatriz en voz alta.


El inicio de la carrera se anunció con un estruendoso disparo, Beatriz tuvo un inicio mesurado, no quería desgastarse antes de tiempo. Los primeros 30 minutos transcurrieron rápidamente y en realidad pocos pensamientos dignos de mención germinaron en su mente.
Fue a partir de una simple pregunta que hizo brotar la primer semilla intangible de relativa trascendencia ¿por qué le llamó tanto la atención aquel árbol navideño? Eso le hizo recordar que siempre ayudaba a sus abuelos maternos a decorar su casa en aquella época del año. Ellos fueron inmigrantes de una pequeña nación del este de Europa que desapareció después de la gran guerra. Exiliados y sin patria, decidieron embarcarse a México, lugar donde su abuela tenía a un pariente lejano.


 Y por eso estamos muy agradecidos con este país, encontramos el cobijo de mucha gente y nos enamoramos de su clima, imagínate hija, un invierno como éste en Europa ¡nunca en la vida!-. Eso siempre decía su abuela.


Su abuelo trabajó unos años como obrero de una constructora y muchos de los edificios que surgieron con el auge económico de los 50 fueron resultado en parte por la mano de obra de su abuelo. Posteriormente pudo desempeñarse como maestro de literatura, ya que logró validar su título profesional.


 Qué oportunidad tan magnífica tiene este país, están creando una identidad nacional ¿no estás emocionada Beatriz?.- Con aquella frase enmarcaría el recuerdo de su abuelo.


Sus abuelos vivirían por siempre en su mente, en aquel pequeño departamento de interés social. Llegado al kilómetro 9, Beatriz permitió que el sosiego de su recuerdo la invadiera, fue más reconfortante que cualquier bebida re-hidratante.
Miró a su alrededor y vio que había una cantidad sorprendente de asistentes, mostrando su apoyo a los cientos de corredores. Fue así que recordó a su padres, siempre presentes en los momentos más importantes de su existencia, incluso cuando ella había dejado de creer en sí misma. A pesar de ser unos excelentes padres, no lograron ser un matrimonio funcional y decidieron poner fin a su unión marital por el bien de la familia. En ocasiones bromeaban al decir que ahora sólo tenían dos cosas en común, sus hijos y el haberse equivocado en su primer matrimonio.
Llegando al kilómetro 18, sintió que aquel camino la llevaba lentamente a su interior, parecía poder atisbar con la mirada un pequeño paquete que llevaba guardado. Percibió como sus pulmones se esforzaban por aspirar el gélido aire de la mañana diáfana, era como si un conjunto de pequeños cristales fueran cortando lentamente su interior.
El vapor blanquecino que exhalaba se mezclaba con los rayos de sol matutinos y como una visión cinematográfica surgió el recuerdo de su hermano. Elías, hermano mayor de Beatriz, fue campeón de ajedrez en la universidad y de manera imprevista dijo que quería practicar profesionalmente triatlón. Era disciplinado con sus entrenamientos y a pesar de no tener mucho talento, se esforzaba como nadie.


La Calavera lo logra.
Elías “La Calavera” Altamira demostró un despliegue de coraje y valentía, digno de un verdadero guerrero. Todos en México le felicitamos su indiscutible primer puesto en el Triatlón Mundial de Estocolmo…


Eso era parte de la nota periodística que habían escrito sobre su hermano; contra todo pronóstico, su hermano había ganado la competencia y hecho historia en aquel país escandinavo. Le apodaban la Calavera por su afición a los dibujos de Guadalupe Posada y por tener una rara enfermedad incurable que le había puesto una fecha de expiración prematura.


 Te contaré un secreto Beatriz, uno nunca disfruta tanto de la vida, como cuando toma consciencia…


Al final Elías se despidió con aquella sonrisa, de la manera que sólo él sabía hacer, un gesto que le había ganado el corazón de sus allegados. En medio de aquella carrera, Beatriz sintió que abría lentamente aquel paquete que había permanecido guardado en su interior por años. El recuerdo de la mirada de Elías, penetrante y llena de vitalidad contagiosa, aquellos ojos que parecían buscar algo más. Sumida en sus elucubraciones, se sintió algo sorprendida cuando logró sentir en sus manos el listón imaginario que había palpado mentalmente al abrir aquel paquete intangible.


 ¡Tenemos la primer ganadora de nuestro maratón!…

Texto por Mario Marentes