Donde nace el cielo

Su respiración se acorta otra vez, no puede respirar. Su cuerpo se llena de adrenalina. Está aterrorizado.
Después de lo que sucedió, no podrá enfrentar tantos pensamientos, solo piensa que debe tomar lo único que da sentido en su cabeza: vete, lejos, solo corre.

Escribe en un pedazo de papel: una vez escuche a Ana mencionar ese lugar, “Sian Ka’an” (donde nace el cielo). Decía que era un lugar de sueños, donde la paz era como la misma gravedad, y te enfrentabas solo contigo y la naturaleza. Yo solo lo había visto en fotografías, el agua se veía cristalina y fresca, todo rodeado de texturas verdes, la selva tropical atrás, y el sol pendiendo en el cielo, ardiendo. Ahí es donde debo estar. Cerca de ella.
Ana dijo que ahora va más seguido, que un día caminó horas y horas para llegar a un lugar que se llama Punta Allen, y ahí es donde se queda cuando va, no he podido encontrar mucha información, pero también iré ahí.
Te veo cuando regrese, lo siento.
Él mira por la ventana, busca algo como esperanza pero en realidad solo quiere claridad, está perplejo y solo observa. Está frente al mar, solo observa. Está cautivado con el fluir y con la inmensidad.
Ríe. Enciende un cigarro e inhala bruscamente de este una y otra vez. Regresa la mirada a la habitación que rentó.
Toma su cajetilla, el encendedor, y baja a la playa.
Camina perdido por la orilla por largos minutos hasta que cansado se sienta sobre la arena, gotas de sudor descansan sobre su frente. Él no sabe dónde esta, no sabe qué hace ahí, ni a dónde va, pero no le preocupa, se siente bien por estar ahí. De sus bolsillos saca la cajetilla y el encendedor, prende un cigarro. Inhala profundamente de el y empieza a jugar con el humo, su cuerpo se relaja y fija su mirada en una palmera que ve a lo lejos, cruzando el agua. Una silueta de mujer se asoma junto a la palmera, él esta cautivado mirándola, se levanta como si fuera obra del magnetismo, mete sus pies en el agua, la siente, esta tibia pero también es refrescante. Enciende otro cigarro mientras sus piernas se mueven hacia ella, el agua le da calma, después de todo el mar no tiene miedo de estar con él, se mueve cada vez más cerca de ella. El agua está en su cadera, pero tenía un ritmo diferente, se movía suavemente, él cierra los ojos y sigue caminando. Pronto su cuerpo está cubierto de agua, cubierto de pequeños destellos de Sol. Lo disfruta. Está parado sobre algas, el silencio es lo que quería, el silencio es su claridad, el ruido ambiental se apodera de sus sentidos, está atrapado entre sonidos agudos y sigue caminando.
Abre los ojos y ahí está.
Respira profundo. Mira sus manos, su cigarro que aún arde.

Ella también está ahí, parada junto a la palmera, dándole la espalda al mar.
   – ¿Hola?
 – El olor a tabaco me trajo aquí, nunca había visto que alguien fumara en la playa – respondió ella con una voz suave.
Él se acerca a ella y la observa. Sus ojos son grandes y cafés, aunque están ahogados de sol y el tono café los abandona en ese momento, la puesta de sol se refleja en ellos, él estaba enamorado de esos ojos, yo podría mirarlos, y dejarlos perderme, pensó. Sus mejillas dejan ver la intensidad del sol, asoman tímidamente algunas pecas de color café y naranja. Su cabello negro cae sutilmente sobre sus hombros dónde el sol ha dejado su rastro. Sus delgados labios dejaron salir algunas palabras:

   –Yo solo quería encontrar un lugar para leer.    –¿Leer qué? –respondió él.
   –Daisy Miller.

Él asiente con la cabeza y le pregunta, ¿Tu vives aquí?

   –Solo estoy trabajando unos meses, tengo que volver a la escuela en julio.
   –Yo también, igual que antes – estaba confundido.
Ella lo mira, forma una sonrisa suave en su rostro, y ríe.
   –Bueno, creo que me debo ir.
   –¿Al trabajo?
   –No sé aún, solo no incendies la palmera con el cigarro – ríe y se levanta.
   –Espera, ¿No te puedes quedar?
   –Un rato supongo. – dijo ella sin mucha expresión.
   –Ven, siéntate. ¿Me estuviste esperando?
   –Si.
   –¿Para qué?
   –Para verte.
   –¿Puedo preguntarte algo?
   –Si.
   –¿A dónde vas? – los ojos de él brillaban.
   –No sé, tengo miedo.
   –¿Quieres que vaya contigo?
Ella ríe, y le dice
   –No, quiero que te quedes aquí, conmigo, tengo miedo.
Los ojos de él se llenan de lágrimas, caen una tras otra sobre la arena. Y ella solo lo mira.
Su cuerpo comienza a ponerse tenso, la respiración le viene y le va, es rápida, no puede controlarla, y en el pecho, un dolor pulsante, intenso.
Sus manos empiezan a temblar y a sudar, él las mira. El cigarro aún entre sus dedos, prendido. Le provoca más miedo, un miedo fuerte que no puede entender, solo puede sentir. La mira y caen más lágrimas de sus ojos.
   –Por favor, ya no puedo llorar más – dijo él con la respiración sobrepasándolo.
   –Llorar está bien, llorar es de las cosas más simples y perfectas. Imagínate, dentro de nosotros guardamos una cantidad de sentimientos, historias, emociones, ahí, siempre ahí. Cuando lloramos y dejamos algunas lágrimas caer es como si por nuestras mejillas también se resbalara lo que duele, es como si llorar fuera un poder, te libera y eso está bien.
   –Ya me lo habías dicho. Justo debajo de esta palmera.
   –Si.
   –No entiendo nada.
   –No tienes que.

Ella se desvaneció, se perdió en el momento en que la noche cayó. Se quedó en el ritmo que la vida sigue.
Él recuperó la respiración poco a poco, el Sol había abandonado el día, la noche era clara, algunas estrellas llegaban temprano, la Luna no le respondía, solo era testigo. Como una brisa le llegó la calma, le arrebato el cigarro que tenía entre sus dedos, apagado.

Ahí estaba él, deseando vivir algún otro recuerdo con Ana como lo había hecho hace unos momentos, deseando volver a conocerla para que no se le acabara el tiempo de estar juntos. Nadie más podría ratificar que él la había vuelto a conocer en Punta Allen como hace dos años, bajo la misma palmera donde la vio por primera vez, pronto debía volver a su vida en la ciudad, la rutina del trabajo y de extrañarla, de quererla con vida junto a él.

Texto por Kat Gurdie