Mi mejor amigo

Él tiene 72 años, es de estatura media, su piel es reseca y morena. Su cabello es escaso y grisáceo, sus ojos son de un sutil color marrón y cuando los ves puedes sentir profundamente. Puedes sentir el sufrimiento en estado puro, pero también ternura. Sus ojos están cansados, pero me gusta imaginar que esos ojos lo han visto todo y lo puedo comprobar con todas las historias que él me cuenta.

 

Él era marino, un Capitán; había viajado por todo el mundo y ha vivido en las ciudades más grandes, me ha contado historias que ni siquiera podría imaginar. Su casa es pequeña, es como estar a bordo de un barco, tiene timones que él mismo ha hecho, también pescados disecados de los mares más salvajes y extraños. Todo es de madera y en las paredes tiene fotografías de los barcos en los que ha navegado, donde ha pescado y transportado bacalao desde Noruega, también de aquellos buques que los llevaron con contenedores y mercancías hasta la India, Japón y Europa.

 

Él es mi mejor amigo, no conozco una persona tan interesante y tan divertida; puedo escucharlo hablar por horas, puedo perderme en la emoción de sus ojos al contar historias, cuando ríe impregna su alegría en mi. Su voz es ronca, pero dulce aunque también suena cansada.

 

Lo conocí hace un año, a inicios de diciembre, yo siempre pasaba por su casa para llegar a la mía y un buen día él estaba poniendo luces de navidad en sus ventanas, tenía la puerta de la casa abierta y al final podías ver un gran librero donde el último estante sostenía una especie de piedras rojizas y muy extrañas.

 

Entonces le pregunté si necesitaba ayuda.

 

     A ver, pásame la conexión de allá hijo.

 

Terminé de decorar la ventana y él estaba apenas recuperando la respiración. Sacaba una pastilla y se la ponía debajo de la lengua, durante unos minutos se quedó en silencio y yo sólo lo observaba.

 

    ¿Qué son esas piedras?

   Ah, esas piedras las traje del Sahara. 

    ¿Enserio? ¿Pero por qué son así?

    La arena corre a través de ellas, se desgastan y adquieren una forma diferente.

 

Ese día me invitó a su casa a probar la panela con limón. Después me explicó que la panela con limón es una bebida que se toma en Venezuela; la panela es el piloncillo, y éste lo mezclan con agua y limón, es muy refrescante.

 

Esa misma tarde me contó que su papá era un Coronel y que por eso él quería enlistarse en el ejército, pero le gustó más la escuela Náutica Mercante donde finalmente estudió. Me platicó sobre su papá todo el día.

 

Varias veces había pasado por su casa esperando que me invitara a pasar y me contara más historias de la mar, pero no fue así, tres días antes de noche buena pasé por ahí y él bajaba de su auto bolsas del supermercado, entonces le pregunté si necesitaba ayuda.

 

Se río al verme y asintió con la cabeza en lo que sacaba del pantalón su pastilla sublingual.

 

En las bolsas había de todo: un pavo, bacalao, almendras, tomates, vinos, panes, postres y frutas.

 

    ¿Harás una gran fiesta de navidad, verdad?

     Si, espero a mis hijas para cenar. Vente el 24 con tu mamá.

     Le preguntaré. 

   ¿Has probado el bacalao a la vizcaína? 

    Nunca lo he comido.

 

El tiempo pasó y un día antes ahí estaba yo cortando tomates y pelando almendras en lo que él preparaba enfrente de mi el pescado y tomaba una copa de vino. Ese día que me platicó sobre una de las veces que viajó a la India y alguien de su tripulación en una noche de copas se había hecho a la idea de robarse una vaca para comerla, él no podía parar de reír hasta que se dio cuenta que yo no le entendía.

 

  ¡Las vacas en la India son sagradas! 

Esa es mi historia favorita, siempre la cuento entre mis amigos. Cada vez que salía de su casa me sentía el más sabio, como si yo hubiera navegado con él por los siete mares.

 

La navidad finalmente llegó, cociné con mi madre para llevar algo a la cena de mi vecino, me había peinado y me había puesto una camisa nueva que mi mamá me regaló.

 

Estaba cerca de su casa cuando mi madre vino detrás de mi, tenia los ojos ahogados en lágrimas, me dio un gran abrazo y me dijo:

 

  Ven a casa, tu amigo no puede pasar esta noche contigo.

 

No lo había entendido del todo, no quería hacerlo. Corrí hasta su casa y me encontré con dos coches en la entrada, dentro de uno de ellos estaba una joven que pude reconocer del portarretratos del escritorio de mi mejor amigo.

 

Texto por Kat Gurdie

Fotografía por Jessica Osorio