La sinceridad no viene incluida con el auto de pedales

Ya apenas y recuerdo aquel carro de pedales que me regalaron mis padres la mañana del Día de Reyes. Recuerdo aquella enorme caja, podría jurar que era casi de mi tamaño. Se encontraba envuelta en los periódicos viejos que mi padre guardaba bajo la tarja del baño, donde contrastaba un pequeño globo rojo atado con un cordón a un costado de ésta; y aquella carta escrita por mi madre, a nombre de: Melchor, Gaspar y Baltazar.

Mi padre llegó con un cúter y juntos abrimos la caja, haciendo desbordar un montón de piezas de color negro, una carcasa de acrílico en forma de auto de carreras -de esos que se ven en la fórmula uno- y unas enormes llantas rojas. Recuerdo lo feliz que me encontraba, tanto que casi quería empezar a andar en él aun cuando siquiera habíamos montado las llantas. 

Finalmente listo, me subí a él y empecé a pedalearlo en la calle. Recuerdo que a otros niños les habían regalado aquellos coches con baterías que avanzaban solo presionando el botón del pedal; pero ninguno de ellos podía equipararse a mi coche, ni siquiera mi padre podía alcanzarme una vez que me subía a éste. Mi abuela observaba a lo lejos, siguiéndome en sus frágiles pasos. Su Alzheimer le hizo olvidar muchas cosas, pero no se olvidaba de nosotros, sus nietos…

Ironía de ironías, creo que la olvide más pronto de lo que ella me olvidó a mí; pero yo estaba feliz, supongo; sin embargo, estas lágrimas ya no significan nada, ya no…

Así es, nada podía compararse a ese auto de pedales, era tan rápido como una bicicleta, y yo me sentía el rey del barrio; así es, nada era más rápido o más valioso que ese maldito auto, ni siquiera yo…

Qué vacío es recordar la infancia en un objeto; no son los momentos los que hacen la infancia, no… son los objetos… Ya casi no recuerdo aquel niño, éste se desvanece en la sombra de las destellantes luces del televisor que muestran el nuevo objeto por adquirir, el nuevo deseo por desear, la nueva infancia por venir y la felicidad que ya nunca vendrá. Objeto que cubre aquel vacío en la sensación de lo propio; la avaricia disfrazada con el manto de la ingenuidad y la inocencia; infancia que se prostituye en el deseo por el valor de aquello que no es poseído. Es así como crecemos, es así como vivimos, es así como olvidamos; es así como reemplazamos a nuestros seres amados por nuevos, de la misma forma que reemplazamos aquel primer amor por uno nuevo. Así es como olvidamos los momentos, reemplazándolos por nuevos mientras evadimos la sinceridad, mientras perdemos la realidad; así nos perdemos a nosotros mismos…

Ahora sólo desearía no haber sido tan egoísta, sólo desearía no haber olvidado a mi abuela, sólo desearía haber dado más de mí mismo, pidiendo menos, deseando menos, y queriendo un poco más…

 

Texto por Gabriel Aceves Higareda

Fotografía por Jessica Osorio