Un piano en la obscuridad

Sobre el deseo y la importancia de ver cine.

 

¿Por qué queremos ver otro tipo de cine?  

 

Si el alma humana fuese un piano de mil cuerdas, y el cine su intérprete, entonces podríamos decir que las oportunidades de que ciertas teclas sean tocadas, son tan pocas como festivales o muestras interesados en hacerlas sonar. Descubriríamos que sólo unas cuantas cuerdas son ejecutadas con frecuencia, y cientos de ellas son abandonadas al polvo.

Por eso queremos ver otros cines, porque deseamos esa diversidad. Porqué queremos exponernos a formas y argumentos que nos cambien la vida. Porque perceptual y simbólicamente el mundo está en permanente cambio, y desde el cine se exploran una multitud de universos en la originalidad de existir. 

 

 

Desde su origen, la diversidad es el valor definitorio de la cinematografía. Una ecología de recursos formales que son proyectados hacia la sensorialidad humana. Un modo profundamente humano de identificarse y participar de una experiencia compartida, proyectando, a su vez, sobre la pantalla, nuestro propio mundo simbólico.

Pero el cine está tan unido a sus costosas condiciones de producción que, muchas veces, algunos maestros del cine nos exigen limitar la exploración o el experimento. En el período industrial del cine hubieron muchos intentos de crear reglas y parámetros que permitan garantizar que las películas sean comprensibles para una mayoría abstracta, “el gran público”.  O mejor, definir lo que debe ser considerado referenciable, fotogénico, normativo. Y fue precisamente aquel pretendido gran público una generalización que forjó, imperativamente, los lugares comunes del lenguaje audiovisual. Un modo repetitivo de utilizar la estructura perceptual de la imagen y el sonido, para visitar siempre los mismos conceptos, una pretendida zona de confort de la narración audiovisual. Un zona que, de hecho, más que de confort, resulta de control. Porque del mismo modo en que la percepción humana permanece anclada a un pardigma, lingüístico, artístico o científico; el cine debe milagros a la era industrial, que es también la era del refinamiento del control social.

 

 

Lo mismo sucedió, por ejemplo, con la música en el medioevo, fue separada de su aspecto rítmico, fueron definidas las escalas aceptadas, fue negado su carácter celebratorio, y puesta a disposición de un culto más bien sombrío. ¿Por qué o para qué queremos exponernos a músicas y sonidos distintos? ¿Porqué resulta importante bailar, además de rezar cantando? El ser humano está dispuesto a conquistar continentes por el sabor de ciertas especias distintas ¿Porqué rechazaríamos la poderosa diversidad del cine?

Esta es la importancia de los festivales de cine que se interesan en la diversidad cinematográfica. Este es, también, uno de los aspectos más valiosos de la primera edición de BlackCanvas.  Las cuerda prohibidas de nuestro piano, son las que más fuerte sonarán.

La vida del cine, con sus torrentes de matices, dependen de esta ampliación del “playlist” de posibilidades, y de que las barreras comerciales sean trepanadas. Como contrabandistas de partituras los festivales van ayudando a legitimar otros órdenes, otros lenguajes, otras maneras de mostrar y narrar el cine.  Disfrutemos, entonces, la obscuridad.

 

 

Facundo Torrieri

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BLACKCANVAS FCC, 2017