Rescatar

Cuando pensamos en la palabra “rescatar”, normalmente nos viene a la mente una situación difícil donde, esto, se le tiene que brindar a alguien más, “vas a rescatar a alguien”, “vas a rescatar algo de valor”, pero, ¿qué pasa cuando es nuestro turno de rescatarnos?

En mi experiencia personal, me di cuenta que el rescate llamaba a gritos silenciosos, y yo, estaba negada a escucharlos. Acciones, emociones, la delgada línea de ser y estar, el momento de no saber dónde te encuentras a pesar de que los lugares formen parte de la cotidianidad de tu vida; sentimientos que ignoras y dejas pasar como gotas de agua por la piel, esperando ver el momento en el que por fin se sequen.

Cuando simplemente, continúan humedeciendo lo que alguna vez fue cartón, esperando a que en cualquier momento se rompa y ya no haya vuelta atrás.

De una persona muy inteligente aprendí que estar con uno es de lo más complicado en la vida, porque nadie nunca te enseña, nadie nunca te guía. Es algo que tienes que aprender individualmente y, muchas veces, es una lucha constante, pero no es eterna.

En el momento en que te das cuenta de que tú siempre fuiste quien llevaba el control, pero se dejó manipular. Todo termina, en el momento que ves en ti todo eso que esperabas encontrar en alguien más, todo se acaba.

Ese instante de catarsis fue el detonador de toda la situación, yo grité palabras prohibidas y grité que me quería morir en un momento de inconsciencia. Esos segundos, esos pequeños segundos en los que todo explota, todo se viene abajo, todo pierde forma, son los más trágicos pero más hermosos. Es el fin de la oscuridad para, por fin salir de las cuatro paredes a un mundo desconocido pero a la vez familiar.

El proceso de rescate no es fácil, nunca lo es. Uno no puede despertar y decidir que todo está bien, que todos los nudos que tenía en la cabeza ya no existen, que se puede vivir la vida atada al piso con un hilo en vez de una cuerda, y hay trabajo individual, llantos y gritos. Días donde de verdad prefieres no estar, donde todo se vuelve más oscuro.

¿Y si la gente no entiende? ¿Y si la gente me juzga? ¿Y si siempre me ven feliz y ahora, por ciertas razones me ven llorando? No importa, soy humano, importante y tengo derecho a explotar las veces que necesite, tengo libertad de rescatarme como se me antoje, soy libre.

Por más largo que haya sido el proceso, por más dolor que haya sentido y por más negada que estuviera para poder aceptarlo, una vez que lo hice, llegó un momento donde abrí los ojos en la mañana, en la cama, con algunos rayos de sol entrando por la ventana y sentí algo extraño, algo que hace mucho no sentía, una paz y una tranquilidad que me asustaron, pero me llevaron a la alegría de estar viva, de disfrutar las pequeñas cosas, de que un día cotidiano siempre puede ser algo especial si lo permito, y, entonces, supe que me estaba rescatando.

 

Texto por Anónimo

Fotografía por Frida Díaz