Hora perdida

El viejo se acercó a la ventana de su sala de estar dando pasos lentos y pesados, casi arrastrando los pies. Cerca de la ventana, también había acercado un sillón de una pieza casi tan viejo como él, para poder mirar hacia afuera. Era de esos muebles que rechinan en cuanto te acercas, como si de una advertencia se tratase, o como si sólo exigieran ser dejados en paz para morir dignamente.

A un lado del sillón, también había colocado una pequeña mesa a punto de sucumbir ante su propio peso, situación que fue corregida con un diccionario ilustrado debajo de una de las patas para que sirviera de soporte. Sobre la mesa preparó una radio antigua, era pequeña y estaba forrada con madera, era de aquellas radios a las que se les puede visualizar un rostro con un poco de imaginación. Conectó la radio y sintonizó su estación preferida, estaba casi todo listo para recibir el año nuevo.

El plan para esa noche era el mismo de todos los años; sentarse frente a la ventana,  escuchar la transmisión especial de fin de año, seguir la cuenta regresiva, tomar un poco de whisky para relajarse y observar a través de su ventana cómo el ayer se quedará esperando a que el mañana se quede esperando.

Cuando logró sentarse y el sillón aulló moribundo, el viejo destapó su empolvada botella de whisky que no había tocado desde el año pasado, y que le haría compañía nuevamente en su soledad. Se sirvió un poco más de la mitad de un riedel que ya contenía un par de hielos, dio un trago, inclinó su cabeza hacia atrás, cerró los ojos y se hundió un poco más en el viejo sillón carmín mientras esperaba el conteo.

Las voces de la radio comenzaron a disolverse, al igual que los sonidos de afuera y las manecillas del reloj. Destellos fugaces recorrieron la mente del viejo. Recuerdos. Pinceladas de lo que parecía ser una vida. Experiencias felices. La vida de alguien más.

Visualizó una niñez y algunos juguetes, una adolescencia y contradicciones, una adultez y luces azules. Visualizó su vejez y su soledad.

Sintió una lágrima abriéndose paso a través de los caminos bifurcados de su rostro. Abrió los ojos de golpe y se puso de pie lo más rápido que pudo, derramando el whisky, tirando la mesa y su radio, donde sólo podía escucharse estática. Caminó por toda su casa durante algunos minutos, hasta que se detuvo en su habitación frente a un gran espejo. Entonces me vio.

El viejo quedó atónito mientras veía a otra persona en donde debería estar su reflejo, intentó decir algo pero no salían palabras de su boca, intentó dar media vuelta, pero sus piernas se negaban a responder, entonces se quedó ahí parado y en silencio frente a mí.

 

—Dime, ¿qué ves? –pregunté sin esperar alguna respuesta– Has vivido aquí por tantos años y la última vez que viste tu reflejo te dio tanto miedo que no volviste a hacerlo hasta hoy.

El viejo, aún sin poder mover las piernas y en silencio, acercó su mano izquierda como si tuviese la esperanza de poder tocar a esa persona extraña, pero sólo se encontró con la superficie del espejo.

 

—¿No sabes quién soy? –pregunté, mientras el viejo retiraba su mano temblorosa– Deberías.

Entonces me miró a los ojos, curioso. Asustado.

 

—No soy quien toma whisky en soledad cada año, soy quien lo tira y lo prende en llamas, soy el que se quema y sale ileso, el que escupe en tu cara y te levanta. El que abandona lo que amas y llama a tus demonios. ¿Tú quién eres? Una sombra lastimera, indiferencia y negación, eres un asesino bajo el velo mágico de lo que crees una causa mayor. Sólo te sirves para mermar malestares que tú mismo creaste, diste la vuelta y no regresaste hasta hoy. Te sientas y esperas a quien no te necesite.

Dime, ¿qué ves en el espejo?

El viejo cambió su postura, ya no está asustado, ya no está curioso. Está relajado. —Veo miedo –dijo tranquilo, aún mirándome a los ojos–, arrepentimiento, mediocridad, muerte, costumbre, inseguridad, desesperación y adicción. Veo vacío. Veo humanidad. Un hoy que no espera.

—Y, ¿qué harás al respecto?

La treceava campanada despertó al viejo. Notó que aún tenía el whisky en su mano ya sin hielo y lo bebió de un trago, cerró los ojos una última vez, pensó en su vida y dijo en voz baja:

“Perdón por dejarte, te he de soñar un rato”

Es año nuevo y hay un Rorschach rojo en donde solía estar su reflejo.

 

 

Texto por Luis Alberto Huerta

Fotografía por Denisse Umaña