Homo Sapiens

Dos interpretaciones a Homo Sapiens

 

Siempre he creído que las mejores películas o cuando menos, las más interesantes, son aquellas en las que es especialmente difícil responder con precisión a la banal pero irremediable pregunta del curioso: “¿De qué se trata?”.

Homo Sapiens se ajusta perfectamente a esta descripción. Es una película formalmente rigurosa que durante sus 90 minutos no parece jamás ceder a una fácil interpretación. Así que esbocemos aquí un ejercicio hermenéutico dividido en dos interpretaciones a partir de esta obra que antes de cualquier otro calificativo merece los de ambiciosa, multifacética e impresionante.

 

1. Imágenes fijas de paisajes que alguna vez fueron lugares. El sonido es directo. Recuerdo a Benning, ¿o a los Lumiere? Una película de vistas. Vistas de un mundo que, a pesar de ser el nuestro, no lo parece. Eventualmente intuyo que es una película-retrato de un mundo post-apocalíptico a partir de postales de espacios que existen hoy, en el quizás erróneamente llamado mundo pre-apocalíptico. Los espacios son diversos y parecen estar montados bajo una lógica temática que empieza con el más grande logro de la especie retratada: el arte. Las iglesias, el descanso, las viviendas, el trabajo, la naturaleza, la guerra, las ideologías. Imágenes del futuro tomadas en el presente que por alguna misteriosa razón evocan una nostalgia por un porvenir que probablemente nunca habitaremos. Homo Sapiens ahora me parece ser un documento realizado por una inteligencia artificial con buen sentido de la composición fotográfica en el tiempo en el que los humanos han cesado de existir.

 

Nikolaus Geyrhalter, un documentalista gigantesco, responsable por una de las grandes películas de la década que retratan la actual crisis identitaria obrera en Europa (Über die Jahre, 2014), se emparenta aquí al heredero nipón de Fassbinder, Sion Sono, quien ha demostrado también las elocuentes posibilidades de la ciencia ficción en el cine de mediano presupuesto y sin gigantescos sets a disposición (The Whispering Star, 2015). Y en este sentido tanto el austriaco como el japonés son neo-realistas, porque para ellos no existe mejor escenario que aquel del mundo real, y, seguidores de Welles, pues intuyen que el arte no es sino una sucesión de mentiras que hacen llegar a una verdad. Homo Sapiens no es ni un documental ni una ficción, es un retrato fiel del devenir de la humanidad hacia menos de la mitad del siglo XXI, aunque nuestra percepción nos quiera hacer creer lo contrario.

 

2. Difícil resistir la interpretación política en una cinta cuya última imagen representa de una manera sorprendentemente ambigua la única posibilidad de cambio total que experimentó, fallidamente, la humanidad. Es Homo Sapiens una cinta realizada en un futuro apolítico que quiere entender a los habitantes de la Tierra y el proceso histórico-político que los llevó a tal implosión -¿generada por el capitalismo?-. Es quizás una descabellada interpretación ideológica, pero Homo Sapiens justamente invita a hacerla y es por ello un enigma hermenéutico como pocas cintas actuales lo son. Por la ausencia de voz en off y prácticamente, narración, el inteligente montaje y la posición de la cámara respecto al mundo que filma son nuestros únicos vehículos de salida para una idea de cuál es la postura del autor ante este no-acontecimiento. Entonces Homo Sapiens es quizás una aventura en poética visual que hasta cierto punto se ajusta a aquello que soñaron de maneras similares tanto Masao Adachi como Jean-Marie Straub y Danièle Huillet en latitudes radicalmente diferentes y que se contrapone directamente al no-lugar de Augé tan desprestigiado hoy por una vasta cantidad de mediocre arte contemporáneo, pues cualquier paisaje visto o experimentado perceptualmente por un ser humano tiene una relación intrínseca y profunda con el poder político que lo gobernó y sus diferentes historias de opresión.

 

Homo Sapiens

 

Texto por Salvador Amores.