Atrás hay relámpagos, un viaje en bici hasta ti

Desde una ladera distante se precipita a la pantalla una pequeña nube de bicicletas envueltas en luces. Lo que sigue es una coreografía plena de emoción y luminosidad. En la noche, enrarecida por el drama, acaba imponiéndose la euforia de la simpleza, y de la imagen. 

 

La fuerza visual de estas imágenes de Julio Hernández Cordón imponen una poética per se. Siempre lo han hecho, empujando la narración hasta los límites del verosímil, y arraigando el filme mucho más profundamente, en su sentido plástico.

Porque, sí, muchos elementos de la solución fotográfica no están interesados en el realismo. Lo que mueve la película es la intensidad de las relaciones entre esos personajes. Los conflictos que se presentan por secuencias, y que muchas veces resultan indicios de verdaderos conflictos fuera de campo,  y están más allá de la historia.

 

Así, Atrás hay Relámpagos (2017), nos da fragmentos del drama migratorio Nicaragüense, nos sugiere la ingenuidad de la curiosa clase media “Tica-Josefina”, nos presenta una juventud adolescente desbordada por su propia condición de encierro social, pero, muy al margen de todos estos menesteres espacio-temporales, se concentra en la expansión de la potencia emocional de los personajes, y con ello en sus equivalentes visuales, sus imágenes.

Esta película tiene, además, una contraparte poderosa que envuelve la experiencia y, literalmente, nos lleva de viaje, eso es: el lenguaje.  

 

Conocemos, al menos un poco, la historia de la peli: Adriana Álvarez y Natalia Arias, las dos protagonistas fuera de serie, buscaron a Julio Hernández Cordón para realizar esta película especialmente en San José de Costa Rica. De allí en adelante todo suena a aventura, aunque quizá una de las más bonitas y encantadoras sea la de los modismos verbales.

El español “Tico-Josefino” retratado en Atrás hay relámpagos se transforma inmediatamente en un recurso cinematográfico, hay una atención especial al ritmo y a la textura que imprime la lengua sobre el filme. Hay un don humanístico en la pronunciación, una certeza donde las comunidades y sus vínculos se colocan por encima, incluso, de las instituciones, escapando a la moral y a la moraleja, gracias a la lengua. Flota, por todo, un muy espeso marco existencial en esta realización que, mientras tanto, no es tan feliz. Lo hermoso son los seres, pero el paisaje es trágico, aunque no peor que el resto del mundo.

 

Atrás hay relámpagos

 

     Texto por Facundo Torrieri

www.bunuelos.com.mx

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BLACKCANVAS FCC, 2017