Hacia una nueva ética documental: El cine de Wang Bing

Hacia una nueva ética documental: El cine de Wang Bing.

 

Wang Bing, posiblemente el cineasta chino más importante del nuevo milenio después de Jia Zhangke (también en el programa de Black Canvas con su nuevo corto, The Hedonists) y sin lugar a dudas el creador de documentales más famoso de su patria, ha sido objeto de debate entre los más especializados círculos desde su primer film, el monstruo de nueve horas de duración Al oeste de las vías (2003). Desde 2003, ha venido fortaleciendo un cuerpo de trabajo significativo que desde el primer momento creó una identidad propia y un lenguaje formal, ascético, único en su latitud.

Bitter Money al igual que sus otras cintas trata sobre la situación de los inmigrantes llegados a la región Este de China en busca de mejores condiciones laborales y de subsistencia.

En un principio, las películas de Wang Bing fueron catalogadas bajo la peyorativa denominación de “cine contemplativo”, donde los flojos críticos y académicos parecían querer introducir cualquier film que no siguiera los parámetros convencionales de aceleración narrativa/visual que imperan en todo tipo de cine desde hace ya bastantes años, emparentando el cine social de Wang Bing con experimentos narrativos de naturalezas bien distintas, como la magnífica trilogía de Alonso (La libertad, Los muertos y Fantasma) o, por las razones equivocadas, con el cine de Pedro Costa.

Desde entonces el nombre de Wang Bing ha sido objeto de numerosos estudios, retrospectivas, etc, hasta que por su prolífica forma de trabajo -realiza uno o hasta dos cintas por año- se convirtió en uno de esos cineastas que parecen estar en todos los festivales de cine del mundo (sean de vanguardia o no) aunque, por la duración y la forma de sus películas, sea uno de esos artistas que todos nombran pero cuyo trabajo nadie parece haber visto con atención.

En México, mientras que los llamados “festivales de documental” parecen ignorar deliberadamente el trabajo del chino, sí que han aparecido por aquí y por allá, en los programas de nuestros queridos festivales de cine de vanguardia  independiente (FICCO, FICUNAM, RMFF y ahora Black Canvas), algunas de sus obras más representativas. El cine de Wang Bing, por su aparente distancia respecto a los sujetos que filma, podría ser calificado (otra vez, por algún flojo) como documental observacional, despegándolo así de la nueva ola de cine documental chino representada por otros cineastas mucho menos conocidos en Occidente como Wu Wenguang, Huang Weikai o Xu Xin. Pero dicha categorización es una quimera.

Por la naturaleza ontológica del acto de filmar, observar pasivamente nunca es tal. Desde el voyeur hasta el documentalista intersubjetivo, del cual hemos visto formidables ejemplos en el cine chino reciente (Fuck Cinema de Wu Wenguang, Petition de Zhao Liang o The Iron Ministry de J. P. Sniadecki), filmar a una persona sin interactuar -conscientemente o no, significativamente o no- con ella, es prácticamente imposible. Es evidente desde el primer momento que todos, absolutamente todos los sujetos captados por la cámara de Bing, en todos sus filmes, están conscientes de estar siendo filmados, así como el cineasta de estar filmándolos. Meritorios ejemplos extraídos directamente de su trabajo son la perturbadora toma en la que el operador de cámara en Hasta que la locura nos separe (2013) -poderosa y sensible cinta sobre los habitantes de un manicomio en algún lugar de China-, sigue corriendo a uno de los enfermos que echa a correr a lo largo del edificio cuadrado que compone la totalidad de su mundo; el pudor con el que la mujer inmigrante, en un momento de Ta’ang (2016), conversa por teléfono celular con sus familiares al otro lado de la frontera acerca de su situación por la presencia de la cámara; el testimonio del propio Wang Bing acerca de su breve film Padre e hijos (2015), en el que relató cómo fue amenazado de muerte tras dos días de filmar a un empleado que habitaba un cuarto de una fábrica con su descendencia; o, para citar otra anécdota relatada también por el cineasta, la manera en cómo realizó su film Hombre sin nombre (2009), para el cuál capturó a un individuo que existe absolutamente fuera del sistema político y social de China -en realidad, del mundo- y que al preguntarle si podía grabarlo durante su vida cotidiana, el hombre jamás respondió. Con únicamente estos cuatro ejemplos, de películas recientes y en realidad poco vistas, podemos conjeturar que Wang Bing es un cineasta que toma decisiones.

La decisión de filmar a alguien como manera de interactuar con él y con el mundo que lo envuelve. La decisión de grabar algo, o no hacerlo; de hasta cuándo;  hasta dónde y, la más importante, por qué y para qué grabarlo. Aunque las formulaciones de tipo teórico acerca del “bajo qué consideraciones podemos filmar a un sujeto” han sido casi completamente formuladas por cineastas y académicos europeos, en Wang Bing y en la nueva escuela documental china encontramos, igual que en escasos ejercicios documentales latinoamericanos (me vienen a la mente el recién fallecido Eugenio Polgovsky, Joao Moreira Salles o Eduardo Coutinho), un intento de formular una nueva propuesta ética venida desde el no-Occidente. Un modelo de esto es la desgarradora película de Zhao Liang, Petition (2009) que se encontró con feroces críticas al momento de su estreno europeo por parte de los puristas acostumbrados, y quizás, engolosinados con aproximaciones documentales modeladas por titanes del pensamiento cinematográfico como Jean-Marie Straub o etnográfico como Robert Gardner. Petition tiene un momento verdaderamente poderoso y perturbador en el cual, siguiendo la narrativa que establece el film -acerca de los ciudadanos chinos que van a presentar quejas a la principal oficina de atención civil de Pekin- vemos a un cineasta que, por la sucesión de los hechos, está ya profunda e irreversiblemente intrincado con los sujetos que ha filmado a lo largo de su proceso documental. El cineasta interfiere de manera negativa en una relación interpersonal entre dos de los personajes y esto también lo documenta. Lo mismo se podría decir del más reciente film de Wang Bing, que retrata una mujer en su proceso de agonía (Mrs. Fang). Justamente, decir que raya en la explotación del sujeto filmado es tomar una postura occidentalizadora y miope, pues bajo ningún concepto un documental chino sobre un problema de inmensas escalas e implicaciones políticas, sociales y, con n mayúscula, nacionales que un europeo o un norteamericano no experimentará jamás, tendría que seguir aquellos dogmas impuestos en, por y para tierra extranjera. Es el trabajo del cine mundial, del tercer cine, aquél hecho en los márgenes de los países marginales, proponer una nueva manera de acercarse a sus problemas locales, naturalmente, sin caer en la estéril denuncia -que el documental mexicano sufre gracias a Everardo González, Juliana Fanjul, el hijo de Rulfo y otros- ni en la auto-complaciente abstracción in extremis de lo filmado en pos de un formalismo gratuito (tan recurrente en el documental contemporáneo europeo) y es Wang Bing una piedra angular para dicha búsqueda: un cineasta que, como sus mejores contemporáneos, lucha infatigablemente por afirmar -vía imágenes en movimiento profundamente refinadas y con un entendimiento admirable del lenguaje documental, ateniéndose y limitándose a decisiones políticas y personales de una evidente inteligencia y no a reglas establecidas por el opresor- la existencia de un sector poblacional que el sistema parece querer borrar a toda costa y cuyos problemas y padecimientos en su paso por el mundo, a falta del historiador que sólo observa los procesos desde la torre de marfil, es únicamente registrado por la cámara de este, al que yo llamo guerrero del cine.

 

Bitter money / Dinero amargo

Texto por Salvador Amores