Vida Eterna

Paseemos en la memoria para recordar y visitar almas que ya no nos acompañan en carne y hueso. Almas que habitan con nosotros pero no vemos, energías con las que nos comunicamos a través de monólogos internos y seres a los que honramos a pesar de no tenerlos. Las calles se llenan de papel picado, flores de cempasúchil y calaveras, México se adorna con recuerdos y cada casa abre puertas a su respectivo pasado.  

El Zócalo por si solo es imponente, no importa si no está adornado, su energía siempre se siente. Es el lugar de todo mexicano (o extranjero curioso), es donde nos reunimos a celebrar y a luchar, y hoy está más vivo que nunca. Hoy se inunda en memorias, el cielo no se ve azul, todo se pinta de tonos blancos, morados y anaranjados. Mucho viento, los tonos bailan de lado a lado. En los rostros de todos se ven las sombras de ese papel picado. Frente a mi se encuentra un esqueleto hecho de papel, que representa a un perro.

Recuerdo: Hace un año le dedicamos un altar a Boris, mi primer perro. ¿Sus cosas favoritas? El pan, las salchichas y dormir. Mi mamá le dedicó su merecido altar al ser que más nos ha traído felicidad. Aunque no pasa un día sin recordar a Boris, ése día paseamos por su memoria, lo visitamos y honramos su vida.

Vuelvo mi cabeza al Zócalo. Veo muchísimas familias (a veces la genética es innegable) los niños caminan de la mano con sus mamás, algunos se escapan para escabullirse entre la gente y lograr ver las calaveras más de cerca. Llegan a la reja que divide la ofrenda de ellos y observan. En sus ojos se ven asustados cuerpos sin carne…miran calaveras. Dan la vuelta para ver a sus madres, con solo verlas a los ojos, ellas hacen una señal de “está bien” y automáticamente los ojos del niño ven otra cosa (las mamás tienen un don para cambiarnos la perspectiva). Ahora ven Catrinas con hermosos vestidos, calaveritas de dulce, flores de cempasúchil, papeles y aserrín de colores. Automáticamente sonríen, lo que ven ya no es muerte, ven vida.

Es como un museo al aire libre, vemos y admiramos pero no tocamos, tomamos fotos y nos vamos. Después llegará alguien más a hacer lo mismo. Suena mecánico, pero me encanta. Creamos una cultura a través de un arte popular, a través de la representación de memorias. Museo del recuerdo, así debería llamarse hoy el Zócalo. Al igual que el arte, cada uno de nosotros le está dando un significado. Yo veo a mi perro Boris, pero probablemente la señora junto a mi ve a su perro Pancho (espero que Boris y Pancho sepan que los estamos pensando).

La música de fondo me distrae, intento buscarla pero me antes me detengo en otro altar. Una Catrina con mariposas en la mano se lleva el primer lugar (yo los estoy premiando en mi cabeza). Las mariposas me encantan, no solo disfrutan de las flores como yo, si no que a pesar de ser libres, jamás se alejan de sus familias. La Catrina lleva corazones de latón en el vestido, y esta rodeada de flores de colores. ¿Seré yo? Eso quiero en mi altar: mariposas, flores y corazones.

Me abruma un sentimiento, cierro los ojos porque quiero darle forma a mis recuerdos. Así me lo imagino: Círculo de energía que brilla y palpita, así es cada espíritu. Los perdemos en carne y hueso, pero nos quedamos con ellos infinitamente, como una vida eterna. Todos cargamos con ellos, no es una carga pesada, es ligera y muy placentera.

De nuevo vuelvo mi cabeza al Zócalo. Me perdí ¿Será el calor o estaré ya muy adentro del laberinto de los recuerdos? En fin, se siente bien el Zócalo de la Ciudad de México, se siente feliz, se siente lleno y unido.

Concluyo: la vida es eterna porque nunca seremos olvidados, porque vivir es más que tener carne y hueso, porque así como nosotros honramos su pasado, alguien honrará el nuestro y porque algún día nuestro círculo se juntará de nuevo con el de ellos.

 

Este año el altar no solo es para Boris, se lo dedico a todas las almas eternas que acompañan a cada uno de nosotros.

 

 

Texto e imagen por: Cristina Franky Meza