Reír

A pesar de encontrarse en el librero como los demás libros, sabe que tiene un lugar especial en mi corazón. No saqué de sus páginas el separador porque me parecía que alguna vez habría de abrirlo súbitamente y releería una página o dos. Y estoy consciente que no es la mejor obra del planeta, ni la más reconocida y mucho menos la más vendida: es especial porque, simple y sencillamente, me hizo reír de principio a fin.

El autor con maestría teje una historia donde el humor es el principal ingrediente y, pese a que el argumento es simple y por demás trillado (las conquistas de un Don Juan de los años veinte), su manera de contarlo es fantástica. Su nombre: Enrique Jardiel Poncela.

Yo había escuchado sobre él cuando mi padre y sus amigos se reunían y hablaban de música y de libros y de películas y me imagino que de muchas otras cosas. Recuerdo claramente oírles mencionarlo y mencionar sus obras (o las adaptaciones de las mismas). Como siempre me han gustado los títulos largos y originales, me afané desde chavito en encontrarlo.

Y no lo hice sino hasta que tenía veintitantos.

Cada vez que iba a la librería preguntaba por algún libro suyo y la respuesta era siempre la misma: “No, joven, está agotado, esos ya nos los editan”; o bien “Híjole, ¿qué cree? Teníamos uno pero ya no lo tenemos…”

Así que con el corazón roto y la esperanza reducida a su mínima expresión dejé de buscarlo hasta que, súbitamente (porque esas cosas pasan de súbito) me hallé frente a frente con un título suyo:

 

Pero… ¿hubo alguna vez once mil vírgenes?

 

Y como era predecible, lo compré.

Y Jardiel Poncela se convirtió en mi gurú: ácido, sarcástico, políticamente incorrecto, mordaz. Y devoré el libro en pocos días (porque cuando algo te gusta, no quieres que se acabe) y me convencí de que eran esos pasos los que quería seguir. Que me aburrían los textos serios, llenos de sapiencia sudada y palabras esdrújulas tetrasílabas. Que me gustaba la simpleza, la ironía, el charm que tenía cada frase de don Enrique. Me apenaba un poco que la gente en el Metro se me quedara viendo tan insistentemente cuando reía como bobo con la lectura. Cautivado como estaba con la epopeya de Pedro de Valdivia, recorría el camino entre mi casa y la escuela (estudiaba la Universidad en ese entonces) preguntándome siempre cómo sería la vida de una persona como ésta (refiriéndome, obviamente, a don Enrique). ¿Acaso se burlaría de todo lo que pasase a su alrededor? ¿Habría decidido dejar de tomarse en serio las cosas para hacer mofa de todo, incluso de sí mismo?

El tiempo (Oh, Terrible Dios El Tiempo) me llevaría a otros libros, a otras letras, a otras lecturas. Sin embargo, siempre he guardado un lugar muy especial para Jardiel Poncela, quien me enseñó a reír, a escribir, a leer y a volver a reír.

Gracias de todo corazón, don Enrique.

 

 

Texto por Leopoldo Silberman

Fotografía por Jessica Sauza