Creer

Hubo un tiempo en que me costaba creer que hubiera gente que creyera.

Crecí sin la fe necesaria (o tal vez la perdí en el camino), por lo que, titubeante, dudé de todo y todos, avancé sin pensar en fuerzas superiores a mí, a los míos, a lo que conozco y es tangible y científicamente comprobado.

Y aunque de vez en vez me topé con personas que creían en sus dioses personales, siempre los vi con cierta desconfianza pues no los entendía. Me era imposible imaginarme un mundo que dependiese de una voluntad ajena, inexplicable, omnipresente.

Quizás por ello me llaman la atención los cultos religiosos, las formas de pensar y concebir el inicio y el fin, la fe en el tiempo pasado y el presente, la necesidad de pensar que hay algo después de nuestra muerte, la imperiosa presencia de Dios.

Y es que entender la fe sin tener fe es como ver llover y no mojarse.

Por eso entiendo que hay gente que cree en vacas, otros quizá en la lluvia, unos más en un niño que se viste distinto cada dos de febrero. Y no importa si es Buda, si es Dios o Alá o un marciano relleno de espagueti: la fe mueve montañas, hace mejor a todo aquel que la profesa (o al menos le hace creer que es una mejor persona). Sé que hay extremistas que matan por su fe, pero también los hay matando por el mero gusto de ver sufrir a las demás personas. No creo en verdad (pasado por el filtro de los años) que todas las religiones sean nocivas o que creer en tu Dios tan sólo te idiotiza; creo por el contrario que es justo (y totalmente humano) tener necesidad de profesar un credo, así sea en otra cosa quizás más irrisoria, como los que idolatran a George Lucas o desean imaginar un país mejor con el candidato de su preferencia.

Cada quien su fe. Cada cual sus creencias.

Yo creo en la humanidad (aunque a veces la odie) y creo en mi país, en mí gente, en mi familia.

Creo en aquello que me arranca día con día una sonrisa y creo en la música, en el poder de reír, en la literatura que desborda las imaginaciones. Creo en el teatro que me hace sentir mejor y en la necesidad de entender nuestro pasado.

Creo en la bondad de los ojos de un niño y en la sabiduría del consejo de un viejo. Creo en la vida y en el presente porque vivo del pasado y sé que no es el tiempo ideal, ni podemos cambiarlo. Tan sólo es y sirve para entender el hoy.

Yo tengo fe en el hoy y en la vida.

Y creo. Sin duda, hoy creo.

 

Texto por Leopoldo Silberman

Fotografía por Frida Díaz