Ayudar: Monólogo desde el primer paso a las ocho de la mañana

¡Carajo! Otra vez voy tarde a la universidad, son ocho de la mañana y tuve que haber salido de la casa hace cuarenta minutos; de nuevo me sumerjo en el tráfico y las conversaciones ajenas me tensan de pies a cabeza. Mis movimientos comienzan a ser automáticos; observo por la ventana del camión la acera, donde el sinfín de neumáticos plasman su pasar. 

Diversos sonidos que no logro distinguir rebotan dentro de mí; la espalda es sometida al calor del asiento, y no soporto las miradas cansadas que me acompañan. Un pitido inapelable me vuelve vulnerable. Una continua pared que juega con imágenes y… ¡Basta! No quiero más líos en mi mente; ojalá se callaran las voces. Deben detenerse, ¿o debo detenerme? ¡Voy tarde a la universidad!

Estoy impaciente, sigo tensa, y mis pensamientos se agitan sin piedad. Éstos no son baladíes; debo hilarlos. ¡Espera! ¿Cuándo fue la última vez que me escuché? ¿Tendría algo que decirme? Observo mi reloj: ocho con cuarenta y cinco minutos.

Me he olvidado. No es suficiente saber sobre mi respiración; sino, digerir las palpitaciones de mi pecho junto con la ansiedad arbitraria de mis dedos, que tambalean sobre mi rodilla. Lo peor que puede suceder es rechazar mi existencia; comencé a alimentarme de la monotonía, y ésta de mi vasta indiferencia. ¡Detesto el tráfico!… o tal vez, ¿detesto ponerme atención? Sigo sentada en el camión.

Mi mirada se desvía hacia una persona: mujer de talla mediana y pelinegra. Logro retener mi interés en su rostro, ¿acaso es un mal día? ¿Se paró con el pie izquierdo? Trato de descifrar la cantidad de gestos que emite por segundo. No quiero sonreír, pero tampoco ahogarme en lágrimas. ¿Qué debería hacer? ¡Mierda! Soy una indecisa. ¿Debería acercarme? ¡NO! ¿Qué preguntaría?… ¿te puedo ayudar?

Las coordenadas encajaron, fueron exactas para el intercambio de una veloz mirada. Par de ojos tristes, sonrisa casi fingida. Me imagino una voz alterada, entre cortada, con palabras que si fueran habladas se esfumarían al segundo. ¡Estoy a cuarenta minutos de la universidad! Sólo tres estaciones del metro y cinco calles por caminar.

Tengo que decidir. No quiero tener un mal día: le sonreí a mi reflejo. ¡Es el momento! Debo escucharme, no debo tener miedo… pero, “debo”, “debo” y más “debo”, y ¿Qué quiero? Sé que deber, poder y querer no son sinónimos. Necesito tranquilizarme, debo escucharme y quiero conocerme. En conclusión: ayudar a ayudarme.

Levanto la cabeza y me convenzo que soy la silueta de la ventana. No más, sólo yo. “Hazte cargo de ti” me repito una y otra vez. Agito levemente la cabeza como si de ésto dependiera mi decisión; iniciaré una odisea para el reencuentro…mi reencuentro. ¡Vaya! Qué camino más largo, y lo increíble es que sólo ha pasado una hora con treinta y un minutos. En fin, ya no importa llegar tarde a la universidad; asistiré con un café americano en mano, y una visión de mi día, de mi cuerpo, y del momento totalmente diferente que con la que me levanté a las ocho de la mañana. Ahora, queda un denso camino para transformar mi realidad, aprender a quererme, escucharme, sentirme, comprenderme, y sobre todo, conocerme; sin límites ni miedo, alcanzaré mi ser.

Estoy lista. Diez de la mañana con once minutos. 

 

Texto por:

Mónica Zamora

 

Fotografía por:

Darío Campos Cervera

@darioccphoto