Agradecer

Rubén Salamanca, galán retirado del cine mexicano, había asistido al Seguro Social para presentarse a supervivencia. Mientras esperaba su turno se encontraba pensativo con un aire de reflexión en la cara. Por un momento perdió noción de su entorno.

­­­— ¡Siguiente en la fila! — gritó fastidiada la señorita detrás de la ventanilla.


— Ya voy, un momento por favor. —le contestó el octogenario.

Presentó la documentación necesaria que siempre preparaba con esmero un día anterior, escrita con una elegante letra cursiva.

 —Ya se le pasó el tiempo reglamentado, ahora tiene que llenar el formato de prórroga HAL-9 y presentarlo en el tercer piso al Gerente Regional de Rectificaciones. —le dijo la señorita con un tono arisco y marcial.

Rubén, en su lejana juventud, siempre se salió con la suya, ya que sabía adoptar la postura correcta, además de ser un artista con el discurso, que siempre dirigía en el tono perfecto. Al final, como toque especial siempre mostraba una blanca sonrisa, a la que nadie pudo resistirse.

—Señorita por favor ¿no podría hacer una excepción? no todos somos tan brillantes como usted y a veces cometemos errores.—al final, de manera casi automática le sonrió alegremente, mostrando una dentadura postiza.

—No y mejor apúrese, porque ya van a cerrar.—acto seguido le cerro la ventanilla en la cara. 


 

Después de realizar el trámite, apoyado en sus gastadas rodillas, que cada vez impedían más su movilidad, Rubén Salamanca fue a tomar un helado al parque Leonora Carrington y al sentarse en una banca, proyectó en su cabeza los recuerdos de la última película en la cual trabajó.

Recordaba con una sonrisa en los labios, que en los días de filmación se sentía hinchado de orgullo, ya que su hija era la directora.

Las marquesinas de los principales cines del país, anunciaron con focos fluorescentes el título del filme, el cual sólo constaba de una palabra: Agradecer. Los críticos de la época la destrozarían, tachándola de “pretenciosa”. A pesar de ello, aquella historia encontraría un público que la sabría apreciar, años más tarde.


Lentamente sacó de su cartera una gastada foto familiar, en donde todos le sonreían. 
Levantó la vista y admiró la luz que bañaba por breves instantes las copas de los árboles. Sumido en sus pensamientos, sintió que por fin había encontrado la  respuesta que había estado buscando toda su vida.

Absorto en sus reflexiones y con un brillo de triunfo en su semblante, no escuchó a su hija que le gritaba.

—¡Papá! ¡Te he estado buscando por todas partes! ¿Por qué no me esperaste esta mañana? Te dije que iba a ir contigo, debes de dejar de vivir en la luna. — le gritó visiblemente molesta.

—Bueno hija, no te enojes conmigo, ven te invito al cine.— Acto seguido le sonrió a su hija y como en su lejana juventud, Rubén Salamanca volvió a salirse con la suya.

 

Texto por Mario Marentes

Fotografía por Denisse Umaña