Abrazo

Siempre he creído que el frío no es real, porque cuando eres niño vas por ahí corriendo sin suéter, pero de pronto sucede algo que te rompe, esos pequeños eventos que te marcan, que cimbran tu mundo y es entonces cuando viene el frío y te das cuenta que el suéter ya no es suficiente, porque no puedes calentar lo que estaá dentro, ahí de donde sale ese frío. Mientras más creces más cosas te cambian y el frío se hace más presente.

Y así iba yo por la vida, con frío hasta que lo encontré a él, con esa brillante sonrisa y una facilidad para crear mil mundos con muy pocas palabras, caminábamos por horas. Yo lo veía hablarme de sus mundos y me preguntaba si él también tendría frío.

Lo descubrí un día a finales de octubre o inicios de noviembre, nunca puedo recordar la fecha exacta, caminábamos con ese nerviosismo típico de las parejas que se cortejan, el viento soplaba y mi casa estaba demasiado cerca, anunciando la despedida y entonces abrazó.

No es algo tan extraño, la gente se abraza para despedirse todo el tiempo, pero este era un abrazo diferente, había alejado el frío y en ese momento supe que él también lo sentía, que de igual forma había tenido frío sólo que no lo llamaba así.

En ese momento comprendí la importancia de los abrazos, de los abrazos reales, esos que das de corazón, son capaces de ahuyentar el frío, los demonios, las tristezas o el nombre que le hayan puesto a eso incomprensible que oprime el corazón, un sólo abrazo real puede ahuyentarlo, curarlo, puede volverse un santuario y dejar que el mundo se desvanezca.

Entendí que un abrazo no es algo que puedas dar a cualquiera porque es abrir tu corazón para que toque las partes rotas del otro y se arreglen mutuamente.

Hoy a tres años de ese primer abrazo sigo acudiendo a él cada vez que el frío me acecha y se que él acude a mi.

 

Texto por Adbe Lovegood

Fotografía por Frida Díaz