Tianguis Cuauhtémoc

El repudio que tienen hacia mí es mucho menor del que yo mismo me tengo. Lo vivo diariamente y me pesa en los desgastados pasos que doy. Todos los días estoy rodeado de gente desconocida, la frecuencia de mi caminar me ha familiarizado con ciertos rostros y de alguna manera ellos conmigo. Hay veces que las caras son nuevas: curiosas, desagradables, lastimeras, asquerosas… pero en este punto de mi vida ya no me importan los demás.

Muchos años estuve cegado por la avaricia y sordo por el llamado del poder, siempre en busca de un poco más, nunca estaba satisfecho y no encontraba saciar mi avaricia. Construí barreras de concreto alrededor de mi cuerpo y arrojé la  llave de las cadenas que me liberarían. Hoy… me he quedado sin nadie.  No hay nada que pueda llenar la soledad de mi patético cuerpo abandonado.

Mi hogar estaba ubicado en la calle Tonalá entre la Colima y la Durango. Una preciosa casa porfiriana con ventanas blancas y arco de piedra, las seis ventanas con su balcón afrancesado de la época. Laura, mi bella esposa había pintado la fachada del mismo color que sus ojos: azules. Vivíamos los dos con nuestro Oscarito.

Confieso que hay noches en que voy con la valentía alcoholizada, recojo piedras y con la fuerza y torpeza que tengo en esos segundos las arrojo a los vidrios o a lo que sea que le pueda dar. Descargo mi furia, mi impotencia, en tirar y maldecir fuerte hasta terminar en llanto. Ha habido noches que me he logrado escapar de las patrullas que llegan al llamado de los vecinos asustados pero otras veces sin el mínimo esfuerzo coopero.

Los domingos son mis mejores días por así decirlo. Empiezo arrastrando las piernas por el camellón de Álvaro Obregón, con cierta melancolía voy viendo los edificios que en otra época vi con mejores ojos. Ahora, la mayoría de ellos están atestados de negocios de restaurantes. En la esquina de la calle Córdoba están  los Bisquets de Obregón, ahí desayuno alguna piececilla de pan rápidamente para no incomodar a nadie. Luego sigo unas cuadras más hasta llegar al Jardín Pushkins, ahora evito sentarme por las bancas que están en los juegos para niños porque eso ya me ha ocasionado muchos problemas con la sociedad; así que hago rotación de bancos cuando siento las miradas acuchillantes en la espalda.

Recuerdo cuando días como hoy llevaba a mi niño, Laura se iba a visitar a mi suegra y yo para evitarla me salía con la excusa de tiempo padre-hijo. Hoy admito que no fui buen esposo e incluso no fui un buen hombre, pero nadie, ni el dios que hace años dejé de creer en algún ser divino y misericordioso, me negará el excelente padre que fui con mi Oscarito.

Temprano en la mañana lo sentaba en la sala que nos habían obsequiado mis padres como regalo de boda, prendía la televisión en Chabelo, y preparaba huevo con jamón para desayunar. Desplegaba la mesita frente al sillón verde y me sentaba a comer con mi niño de cinco años. Nos quedábamos un rato más después de terminar hasta que él se levantaba y me decía:

–¡Papá, papá llévame por un algodón!

–Shhh! No lo grites que es un secreto

–Papá vamos por un algodón– Me repetía susurrando en mi oído para que su mamá no nos escuchara.

Hoy no me detuve en “la estatua de los enamorados” como les decía Oscarito, un hombre sentado confesándole secretos de amor al oído de un ángel. Le gustaba sentarse ahí a inventarme historias, y luego preguntarme de la muerte por la curiosidad que le despertaba ver a los hombres de blanco bajar gente al hospital.

–¿Tú también te vas a morir papito?

– Cuando tenga el cuerpo como una pasa.

Esta mañana apenas pude abrir los ojos. El clima nublado me estaba aplastando y creando la tormenta en el pecho, aún así crucé la Avenida Cuauhtémoc y me fui al tianguis que siempre pone sus tenderetes y se acomoda como puede para la vendimia dominguera. 

Caminé entre los recuerdos de fantasmas; máquinas de escribir, muebles de mis años: sillones, baúles, roperos, burós, mesas, bancos, etc. vajilla similar a la que teníamos en casa, artefactos y objetos militares, colecciones de todo tipo de la Coca-Cola…

Hasta que lo recordé y supe porque había estado sintiendo tanto pesar. Mi memoria nunca me ha dejado pasar ni un solo año. Y la culpa se intensifica con cada día que transcurre. ¿Cuándo pasó tanto tiempo? ¿Cómo he seguido solo hasta ahora?

En las calles me ven hablando sólo pero no saben que voy hablando con ellos. Antes que le daba importancia a las apariencias ahora llevo años que no me veo en un espejo. A veces veo mi reflejo en los vidrios de los carros o de las tiendas y no me reconozco, otras tantas veces evito voltear porque verme me da lástima y es cuando entiendo a los demás. Soy un pobre vagabundo de la ciudad. Deambulo por las calles de la colonia Roma y lo seguiré haciendo hasta que la muerte decida terminar mi castigo.  

Mi familia se sumó a la cifra del temblor de 1985. Hace 28 años que mi vida se quedó atrapada entre los escombros con Laura y mi Oscarito. Que al igual que el edificio porfiriano de la calle Tonalá mi vida también se derrumbó en pedazos y ya no se pudo volver a edificar. 

 

Texto por: Sherry Camarillo