Reencarnación

Cuando ya no quiero escuchar razones me escondo en la casa del árbol. Puedo quedarme tirada en el tapete de colores raídos por horas, reflexionando la vida y cuestionando mí alrededor. La casa del árbol es MI lugar. Nadie sube a molestarme y mis papás ni si quiera se molestan en quedarse parados gritando a que baje, de eso, ya han desistido hace semanas.

Sumergirme en la casa del árbol hace que se me pasen los minutos hilando pensamientos, generar mis propios debates con mis “yo” internos, entre más me concentro en el tema disfruto más las confrontaciones que me hago. Dedicar horas en mi conciencia es la mayor paz que puedo encontrar entre la tragedia que estoy viviendo. Tragedia para mis padres que no aceptan la idea de la muerte porque para mí ya no es un abismo infinito y oscuro que te hunde al miedo y a la negación.

Desde el primer día que me dieron mis resultados después de exhaustivos análisis y revisiones médicas por el dolor insoportable que me hacía retorcerme entre mis sábanas, sudar frío y paralizarme; desde ese día regresando del hospital en shock he ido a casa de mi mejor amigo.

Cuando me dijeron que tenía cáncer en el páncreas, no pregunté nada, di media vuelta y me fui. Sólo hasta llegar a casa de Rodrigo fue el momento en que lloré todo lo que hubiera llorado toda la vida que se me estaba acabando. Entre balbuceos, lágrimas y gritos, Rodrigo con un semblante triste y agua contenida en los ojos, me abrazó un buen rato. Cuando me calmé quedando en un estado casi catatónico, sin decirme nada, ni palabras de falsa esperanza me ha dado un libro que tenía en su habitación: “Eternidad de la vida”

En silencio me ha dado un momento a solas y en silencio me he ido sin despedirme. He llegado a mi casa y he puesto el sobre encima de la mesa de la entrada principal, de esa manera fría y cobarde informaba a mis papás sobre mi estado de salud. En silencio también he ido a la casa del árbol a revivir lo que ha pasado en el día. Y no he podido pensar en nada. Sólo me quedé tirada con la mente en el vacío viajando por algún lugar arriba para encontrar respuestas divinas. Estábamos a pleno calor de verano por lo que no tuve ningún inconveniente en quedarme postrada en la madera para pasar mis horas de sueño en aquél lugar que me acogía en mis penas.

 

A la mañana siguiente con la luz del Sol en mis ojos desperté. Mis padres tampoco fueron a buscarme. No bajé de mi escondite y de principio a fin devoré el libro budista.

Para los misterios de la vida, descubrí un pequeño capullito colgado en una de las ramas de mi árbol. Ahí comprendí que mi vida no acababa. Ahí sentí que con la terminación de mi existencia estaba comenzando la metamorfosis de algo más.

Con esto, esperaría que entendieran que no me resigno ante la vida y que no me estoy dejando morir. Con esto, esperaría que entendieran mi ideología, que la ausencia duele pero la presencia es para siempre en la memoria del ser. Con esto esperaría, que entendieran que mi esencia sigue viva e inmortalizada en el tiempo que ustedes quieran. Con esto me despido.

 

Texto por Sherry Camarillo