El tiempo llegó tarde

Cuando la vi, quedé hipnotizado. Describirla y dedicarle unas líneas al ser humano que capturó la mirada de mi alma vale la pena, pues supe al instante que ella era la indicada; sentí aquella sensación ridícula que siempre describen en los libros y sonreí al saber que la estaba viviendo. Me había unido a la cifra de “amor a primera vista”. La calidez en mi pecho reafirmaba el sentimiento que en ese momento estaba naciendo en mí. Al verla quise tenerla conmigo, abrazarla dulcemente fuerte y susurrarle al oído que por fin la había encontrado, que por fin el destino nos había juntado y que era hora de comenzar una vida juntos, pues nuestras almas eran una.

La vi entrar por las puertas de la iglesia buscando, al parecer, un lugar disponible para sentarse. Parecía flotar en su deslizamiento por el tapete que cubría el pasillo. Llevaba un vestido largo y ajustado que marcaba su torneada figura bronceada. Accesorios dorados que desconozco cómo enlistar pero que salían sobrando de su escultura, pues ella en sí era hermosa y no necesitaba de ninguna otra cosa que acentuara su belleza.

Yo estaba más adelante de ella, por lo que tenía una visión amplia para verla cuando se me antojara. No sé cuánto tiempo mis ojos se prensaron a su rostro pero huyeron cuando los suyos descubrieron mi mirada. Creo que me sonrojé un poco, no sé bien por qué, bajé la cabeza confirmando que mis pies siguieran del mismo tamaño y luego empecé a pasear la vista por los demás invitados. Cuando volví a buscarla entre las personas la vi hablando con mi hermano que estaba a su lado.

Jorge le contaba alguna historia que a ella la parecía graciosa; los dos reían como en secreto evitando soltar alguna carcajada que irrumpiera con los murmullos que hacían eco en el lugar. Hasta donde yo sabía, Jorge no había invitado a nadie a la celebración y a ella nunca la había visto, por lo que fue una cruel coincidencia que ella tomara un asiento a su lado.

Sentí celos al ver esa escena e imaginar suposiciones de ellos dos empezando una relación a partir de su conversación. Pero no podía llegar a interrumpir sus palabras. Sentí una inmediata tristeza. El amor que había crecido en mí en tan poquito tiempo hacia ella lo enterré de inmediato, pues supe que los dos estábamos en un lugar equivocado, viviendo en un tiempo que  nos había llegado tarde y que no iba a empezar a correr ninguna historia entre los dos.

La melodía de la boda retumbó en las paredes de mármol y me regresó abruptamente a mi realidad. Lorena venía hacia mí con la sonrisa más sincera de su corazón. Ahora ella caminaba por el pasillo como minutos antes el amor de mi vida lo había recorrido. La mujer que se acercaba a mí era una desconocida. Pero como dije, el tiempo llegó tarde y yo decía “Acepto” 

 

Sherry Camarillo