Historia de un beisbolista

Desde el vestíbulo podía escuchar el vitoreo de la multitud. Escuchaba la clara aclamación de las personas. ¡MONTANA! ¡MONTANA! La vibración del estadio la sentía en el cosquilleo de la planta de los pies. Esa sensación que subía por la boca del estómago le provocaba una adrenalina que se acumulaba para explotar en el campo.  Jorge Alberto Montana Ramos besó su camisa y pidió a un dios la suerte necesaria para llevar a su equipo al triunfo de la Liga Mexicana de Beisbol, el campeonato de mayor nivel profesional.

Caminó por el pasillo y salió por el túnel respirando el rocío que se sentía esa noche. Sintió la energía latiendo por las terminales de su cuerpo bajo los reflectores del Estadio de Monterrey, Nuevo León. ¡MONTANA! ¡MONTANA! la gente se levantó de sus asientos reventando sus pulmones al gritar, mil fanáticos sonreían con orgullo al ver al ídolo del béisbol. Levantó su mano a saludo y agradecimiento mientras caminaba al bullpen. Había esperado tanto ese momento, tantas veces haber pasado la película en su cabeza y hoy se estaba haciendo realidad. Decenas de noches pisando ese pasto que ahora lo recibía para llevarlo a la gloria, su nombre trascendería generaciones con las narraciones del intocable “Mago” Septién. Los abuelos contarían a sus nietos con gran orgullo la experiencia de haber vivido aquel juego de los Petroleros de Minantitlán contra los triunfadores Sultanes de Monterrey. Las personas no permitirían que su nombre quedara atrás. Siempre lo recordarían como la figura icónica del deporte.

Los ojos de Montana recorrieron los 25,000 asientos ocupados, tomó una fotografía en su memoria y apretó los ojos asegurándose que esa imagen no escapara de su cabeza. Pensó en su esposa y en sus dos hijos, sonrió y se dijo: Va por ellos. Levantó su mano derecha en un puño que golpeó el cielo y se quitó la gorra de su padre sacudiéndola en el aire. La gente enloqueció. Montana con el número 21 en su camiseta rayada se apresuró a posicionarse en las cajas del bateo.

En los palcos asignados a las cadenas de televisión el ambiente era excitante, los comentaristas estaban listos, ansiosos y sedientos de empezar la transmisión del histórico juego. Asimismo la cadena RASA estaba preparada para la hipnosis que estaba a punto de comenzar Pedro Septién Orozco.

Montana tomó el bate de madera  entre sus manos y sintió crujir el arce entre las palmas.  Fijó la vista frente al pitcher. Respiró profundo y soltó el aire con paciencia. Analizó a los jugadores frente a él. Escupió el tabaco con fuerza y se preparó. Una palmada en el hombro lo desconcentró.

 -Qué pedo Jorgais ¿todavía no empiezas a podar el césped?

por Sherry Camarillo