El Panadero

Gerónimo era el panadero más famoso de la Ciudad de Colima, gracias a sus grandes dotes como artista culinario. Creador de suculentos panes, pastelillos y de los bolillos más deliciosos del estado, los cuales muchos habían intentado imitar, pero nadie igualar. Una madrugada como todos los días, se había levantado a calentar el horno y mientras éste alcanzaba la temperatura adecuada se puso a admirar su panadería.

– Si mis padres vieran esto, de seguro se sentirían orgullos de mi.- dijo en voz alta, con cierta alegría.

Al momento de empezar a preparar la masa de los primeros bolillos, olvidó por completo la forma de hacerla. No recordaba las cantidades exactas que necesitaba de cada ingrediente, ni el tiempo de cocción y mucho menos el toque secreto. Para su mala fortuna, tiempo atrás había decidido no escribir las recetas de sus delicias culinarias, por miedo a que fueran robadas y también, ahora se reprochaba amargamente, por un arranque de soberbia teniendo demasiada confianza en su memoria.

Como el tiempo no se detiene por nada, ni por nadie, tuvo que preparar el pan lo mejor que pudo para tratar de salvar la venta de ese día. Aquella mañana los famosos bolillos especiales de la panadería más famosa de Colima, no sabían igual y los clientes lo notaron. Conforme pasaban los días, la fama y el brillo del lugar se iba difuminando poco a poco, como el aroma del pan recién horneado.

Desesperado y a punto de quebrar, Gerónimo se puso a buscar entre las cosas de su padre, el dueño original de la panadería. En aquel oscuro ático de la casa familiar, esperaba encontrar una receta que lo salvara del fracaso, pero lo único de valor que encontró fue una fotografía de él cuando aún era un niño, acompañado de sus padres. Vestía un disfraz de bombero con una gran sonrisa en el rostro, recordó que en esa época, su más grande sueño era luchar contra las flamas y salvar a los desafortunados. Nunca se atrevió a intentarlo y cuando su padre enfermó tuvo que hacerse cargo de la panadería.

Caminando por las calles del centro de la ciudad, fue recordando poco a poco su niñez y sus antiguos anhelos, al llegar frente a su querido local, se dio cuenta que las recetas de su creaciones gastronómicas especiales, se habían ido para siempre, junto con la fama del lugar.

Al día siguiente decidió traspasar la panadería y seguir la única pista que tenía en ese momento, por lo que se inscribió en la Academia del Heroico Cuerpo de Bomberos de la Ciudad de Colima.

-Oye tú, panadero ¿tienes alguna experiencia con el fuego y con las altas temperaturas?.- le preguntó su instructor en el primer día de clases.

– Sólo un poco, ya sabe lo que dicen: si no aguantas el calor, mejor salte de la cocina. 

 

Mario Marentes