El Nudo

Para Azul.

 

 

“El amor es una atracción hacia una persona única;

a un cuerpo y a una alma”.

 

 

La Llama Doble

Octavio Paz

 

 

 

 

          ¡Dios mío! ¡Estoy al borde del suicidio! ¡No sé qué hacer! ¡La situación es insoportable…! Y pensar que yo, y  nadie más que yo, es la culpable…

          Para darme a entender tengo que empezar por el principio: bastó verlo para quedar perdidamente enamorada del él. ¡Sí! Así de simples fue. Lo vi y supe que Ricky era el hombre que había estado imaginado y soñando toda la vida: musculoso, alto, rostro varonil, ojos negrísimos, manos grandes, estómago de lavadero… Todas las pinches viejas del gimnasio le aventaban, descaradamente, el calzón. Pero si esos atributos eran suficientes para hacerle perder la cabeza a cualquier mujer, a mí, lo que más me atrajo de él fueron sus nalgas. ¡Unas nalgas enormes, duras como dos melones! A mí no me vengan con cuentos que muchas no se fijan en eso, ¡claro que sí! Cada vez que lo veía de reojo vestido en ese minúsculo short y las nalgas paradas, dejaba yo, por un rato,  de estar haciendo mis rutinas para verlo e imaginar que en cada ejercicio  que yo hacía, sobre cuando realizaba abdominales, Ricky estaba encima de mí haciéndome el amor. Me lo imaginaba desnudo y yo recorriendo con  la lengua todo su divino cuerpo. Supongo que así eran los dioses griegos, como Apolo o Mercurio. Luego de besar todo su cuerpo llegaba a… su “cosa”. Ustedes saben… si el cuerpo era grande y  sus brazos, cada vez que agarraba las mancuernas y se ponía a hacer bíceps, las venas parecían querérsele salir de la piel, pues me imaginaba que “aquello” debía ser del mismo tamaño: ¡enorme!; atravesado a todo lo largo por enormes venas llenas de sangre… ¡Ay Dios mío! Ahora que lo estoy platicando siento que me sube un calorcito desde los pies hasta la cabeza, pasando, ustedes saben, por mi cosita. Para que más que la verdad, un día no me aguanté más y me compré un consolador, ¡enorme como debía ser el miembro de mi Ricky! Espero no se escandalicen, uno como mujer tiene sus necesidades. Para hacerlo más personal, al dildo lo bautice con el nombre de “Ricky”. Cada vez que empujaba el consolador dentro de mí, imaginaba que era el “aparato” de Ricky el que estaba en mi interior.

  •   ¡Vamos Ricky, más, más!

          Cuando llegaba al gimnasio, temía verlo a la cara por temor a que él, de alguna manera, adivinara mis pensamientos, pero el pinche Ricky ni siquiera volteaba a mirarme. Estaba más que entusiasmado con la puta ésa de Rosana, quien descaradamente se le pasaba enseñándole las chiches.

  • ¿Me ayudas Ricky con estas pesas?

         Y ahí el muy cabrón ayudándola a subir las pesas de quince kilos. Todo era una maniobra para estar cerca de él. Lo malo es que a él le encantaba su presencia. No dejo de reconocer que la tal Rosana tenía unas tetas mucho más grandes que las mías, pero yo tengo el triple de dinero que ella. Ya saben la frase de que el dinero mueve montañas. Así que me propuse “invertir” mi lana en conquistar a Ricky, la pinche chichona de Rosana no me lo iba a ganar, faltaba más.

          Ahora que estoy platicando esto, de haber sabido lo que iba  a pasar no hubiera apostado ni un peso, pero lo hecho, hecho está.

          Como les decía; elucubré mi estrategia con la precisión de un cirujano. Compré en el Palacio de Hierro la loción más cara que encontré y, al día siguiente, llegué al gym. Cuando estuve cerca de él, “descuidadamente”, destapé el frasco oliendo el perfume. El exquisito aroma inundó el cerrado recinto. Ricky lo notó y se volteó  a mirarme.

  •  ¡Huele padrísimo! ─ comentó, sonriendo.

          Al oír su comentario, me dije: “ya caíste cabrón”

  • ¿Te gusta? ─ le pregunté, fingiendo la máxima indiferencia─. Lo que pasa es que no soy experta en perfumes para hombres─ añadí.
  • Huele sensacional─ respondió él─. A cualquier hombre le debe gustar.
  • Uno de mis empleados ─ continué con mi estrategia, resaltando el de “uno de mis empleados”─, me quiso halagar, pero el muy tonto me regaló uno de hombre. No me gusta. A mí me gustan los de mujer: suaves, delicados. Éste, para mí, es súper fuerte. No sé que voy a hacer con él.
  • ¡Véndelo a alguien! ─ sugirió ─. Cualquiera te lo compra.
  • ¡Cómo crees que lo ande ofreciendo! ¡Eso no va conmigo! ─ le dije yo, muy mamona.
  • ¡Entonces regálalo!

          Al oír lo que sugería vi estaba en la pista correcta. Era lo que estaba yo buscando.

  • ¡Buena idea! ─ exclamé y continué con mi labor─ ¿Lo quieres tú?
  • ¿Yo? ─ preguntó, abriendo tamaños ojotes.
  •  Sí, tú. Te lo regalo.

          Extendí la botella a Ricky y vi en su negra mirada un brillo de agradecimiento. Ya caíste, chavo, me dije riendo dentro de mí.

  • Oye, ¡muchas gracias! ¿En verdad me lo regalas?
  • ¡Claro! ¡Tómalo!

          A partir de ese momento Ricky cambió completamente de actitud hacia conmigo, y mientras hacíamos ejercicio nos poníamos a platicar. La celosa de Rosana me tragaba con la mirada. Sentía que me quería matar con sólo verme. Para que se le quite lo chingona, me decía  yo. Ella tendrá mucho busto, pero yo tengo mucho dinero. ¡Pinche puta!

  • ¿Negocio de qué tienes? ─ me pregunto Ricky
  • Exportamos artesanías mexicanas a Francia y a Holanda. París y Ámsterdam son un excelente mercado para nosotros. A los europeos les encantan lo que hacen los artesanos mexicanos.
  • ¿Y qué exportan?
  • De todo: textiles, cerámica, jarrones de Talavera, rebosos de seda, figuras de barro negro, plata de Taxco… Todo debe ser de muy buen gusto y de excelente calidad. No juguetitos de madera. Lo que exportamos es para un público con gran capacidad adquisitiva. Lo que más se vende es platería. Algunas piezas son de colección y han ganado premios internacionales.
  • ¿Dónde obtienes lo que exportas? ─preguntó Ricky, ya realmente enganchado en una servidora.
  • Tenemos convenios con artesanos mexicanos muy reconocidos de Puebla, Oaxaca, Guerrero. Por ejemplo, para la plata tenemos contratados a los mejores orfebres de Taxco.

          La mirada de Ricky me veía de otra manera. Me di cuenta que las demás viejas del gym dejaron de llamar su atención. Y quiero aclarar, que aunque no tengo mucho busto, no soy tan fea como ustedes  pudieran pensar, tengo lo mío. Así que todas se eclipsaron, comenzando con la puta de Rosana, que aunque seguía  pasando junto a él moviendo las chiches, para Ricky se volvieron invisibles. Se los dije: el dinero mueve montañas; en este caso mi interés eran las nalgas de Ricky.

  • ¡Qué bien! ─exclamaba Ricky, entre jalón y jalón de poleas.

No crean ustedes que lo que le comenté a Ricky era sólo un invento mío. No. La parte de la exportación de mi negocio era verídica.

  •  De los artistas de Taxco tenemos pedidos de nuestros clientes  pagados por adelantado ─ seguí con mi plan─. Nuestros orfebres son unos verdaderos artistas. Han llegado a exponer sus piezas en exhibiciones en museos del extranjero. La creatividad de los artistas mexicanos es muy reconocida a nivel mundial.
  • Estoy de acuerdo contigo ─ agregó Ricky.
  • Es una lástima que la gente de México no valore lo que tenemos en el país. Esto debería ser más tomado en cuenta por el gobierno, sobre ahora con lo que está pasando con el racista de Trump.

          De las pláticas en el gym pasamos a seguirlas a buenos restaurantes y bares. Claro, en ocasiones yo pagaba con mi tarjeta Platinum de American Express, en otras ─ estrategia pura ─ dejaba que pagara Ricky.

        Por fin llegó el día del primer beso y primer faje. ¡Qué delicia! ¡No se pueden imaginar ustedes lo que fue para mí! ¡El Paraíso Celestial!

          Por supuesto, para que la situación fuera  in crescendo ─no tenía que verme muy golosa ─, apliqué un toque de pudor y pena…valores de los que yo carecía por completo…Pero en el amor y en la guerra…

          Ésa vez, Ricky quiso meterme mano por debajo de las pantaletas, pero yo, pudorosa, le aparté la mano y le dije que era muy pronto para hacerlo. ¡Claro, por dentro estaba yo que me quemaba de caliente! Ya conocen lo que dice Buñuel: “Más vale deseo sin posesión que posesión sin deseo”. De algo me tenían que servir las clases de cine que había tomado en el CUC.

          Para no hacer más larga la historia, después de seis meses me dije que era hora de probar las mieles del sexo más asqueroso con mi Ricky.

          Fuimos a cenar a un restaurante muy elegante, la ocasión lo ameritaba, al Presidente Intercontinental: Au Pied du Cochon. Para darle la puntilla, pedí una botella de champan Taittinger Millésimé Blanc de Blanc, cosecha 1998 ¡Carísimo! Antes de hacerlo y con el afán de humillarlo. Le pregunté si prefería ése o un Dom Perignon.

          El pobre Ricky sólo pelaba sus lindísimos ojos negros y movía la cabeza de arriba abajo. Me di cuenta que si Ricky me había enamorado con su cuerpazo de dios griego, yo lo había conquistado con mi dinero y mi savoir vivre.

  • ¿El Taittinger está bien? – le pregunté
  • ¡Claro! ─ respondió, mecánicamente.

         Pedí el champán, no sin antes de decirle al Maitre que lo pusiera a enfriar a doce grados.

         Nos trajeron la botella y brindamos.

  • ¿Qué te parece el sabor?  ─ le pregunté.
  • Muy sabroso ─ contestó, nacamente. Pero lo naco era lo que menos me importaba. Ricky no tenía ni idea de lo que estaba tomando, pero… bueno, me gustaba por su cuerpo, no porque fuera sommelier.
  • Tiene un delicado bouquet de flores blancas, notas minerales y almendras frescas, vainilla… sobre todo un ligero fondo de bosque resinoso ─comenté de forma por demás vanidosa, didáctica y, también,   mamona.

Si la relación con Ricky iba a perdurar, más valía empezar a educarlo. Me tendría que acompañar a  mis viajes a Europa. Iríamos a comer con altos empresarios y no podía darme el lujo de que mi pareja, por muy buenote que estuviera, no tuviera cultura y eso pudiera frenar los contratos.

  • ¡Exacto! ─ dijo Ricky, aprobando mi comentario sobre el sabor del champán.

          Terminamos de cenar y en la recepción del mismo hotel, pedí la llave de la habitación, previa reservación que ya había yo hecho. Mientras caminábamos hacia el cuarto, me iba imaginado el ¡festín de brazos, boca, manos, nalgas y su “ése” de Ricky!

          Ya no necesité pedir más vino, mi deseo contenido durante tantos meses me sofocaba. Además, ya con el alcohol ingerido era más que suficiente.

          Ricky me tomó por la cintura y atrajo hacia él. De inmediato, al contacto con sus musculosas manos, me produjeron casi un orgasmo. Me quitó las prendas íntimas como sólo pasa en las películas: ¡Rasgándolas! Eso me excitó aún más. Con vehemencia incontrolada lo puse de espaldas y lo desvestí. No dejé de besar ningún rincón de su espalda. Con mi lengua recorría los músculos de su cuello, piernas, pies  y ─ por supuesto ─ sus nalgas. Se las agarré, estrujé, mordí, lamí. Hice cuanta idea pervertida se me ocurrió en ese momento. Ricky se estremecía de placer a más no poder. Mientras lo hacía pensaba en lo que ocurriría en el momento en que volteara a Ricky. Reservaba para el final el momento de voltearlo y montarme, literalmente, en su pene. ¡Por fin conseguiría lo que tanto dinero y tiempo me había costado! ¡Tendría dentro de mí el hombre de mi vida! Como loba en celo le di vuelta dispuesta a gozar de mil y una formas el momento en que el hombre y la mujer se unen y pueden escapar de las miserias del mundo.

          Jale a Ricky hacia mí y, descaradamente, abrí las piernas para sentir realmente esa carne dura y jugosa, llena de venas, con la que había alimentado mi imaginación, mientras me introducía los penes de plástico.

          Sentí un ligero roce dentro de mi vagina y aguanté la respiración, esperado sentir el tremendo impacto del miembro de Ricky dentro de mí… pero nada de esto sucedió. Me quedé expectante, mientras Ricky se movía hacia arriba y hacia abajo. Con trabajo empujé a Ricky para que se hiciera  a un lado y verificar qué estaba pasando, no fuera a ser que el muy animal, con su fuerza, estuviera perforando con su “ése” alguna parte de la cama, equivocándose de lugar correcto.

          ¡Cuál sería mi horror al ver el minúsculo instrumento de Ricky que era, si acaso, del tamaño de mi dedo meñique! Así como lo oyen. El pene de Ricky era, por los esteroides que tomaba, de un tamaño ridículo que no podía satisfacer ni a una mosca.

          Al verlo, sentí en mi interior que algo se desgarraba  y no era por el pene de Ricky. Con prisa, y casi al borde del llanto, me vestí rápidamente, sintiendo en mi interior que todo mi ser se anudaba en un nudo ciego. 

  •        ¿Hice algo que te lastimara? ─ preguntó Ricky, con su cosita totalmente flácida, que se perdía entre su vello púbico.
  • No, para nada ─ le respondí, desconsolada.
  •   ¿Soy culpable de algo?   ─ volvió a preguntar, con voz compungida.
  • No, Ricky. La única culpable y pendeja soy yo.

          Abandoné la habitación, sin siquiera detenerme a cerrar la puerta.

 

 

 

 Hilario Arreola