Roma

Por Donnet Amirov Cárdenas

‘La Colonia Roma se ha vuelto un ícono importante de la Ciudad de México. Y es que hay que recordar que, junto con la Colonia Condesa, fue uno de los primeros fraccionamientos habitacionales con todos los servicios de infraestructura necesarios.

Ya por los años 40 recibió a buen número de provincianos del sureste de México y para los años 60 se había convertido en una zona comercial, escolar y de oficinas.

Ahora en pleno 2017 es un ícono de vanguardia cultural y de ‘alto estatus’, que en una ciudad tan contrastada como es la capital de México, se vuelve una zona necesaria que le da un aire particular al alma de esta metrópoli.

Vivir en la Colonia Roma es vivir en el pasado de la Ciudad de México, mismo que de manera orgánica abraza la nueva cara de esta ciudad.’

Esto leía Julián Álvarez en una página de internet que, mostraba con textos y fotos, ‘las mejores colonias de la Ciudad de México para vivir.’ Él era un mexicano de a pie, aquel que se mataba horas trabajando para una empresa de auditoría, misma que ante la opinión pública en redes sociales trataba a sus empleados como miembros de la familia de los socios fundadores de dicha firma, pero que, a puertas cerradas realmente trataba a sus empleados como números, como meros engranajes que podían ser reemplazados a voluntad de los ‘jefes’.

¿Pero qué se le iba a hacer? Julián había conseguido la planta después de estar casi un año sin trabajo y, con mucho esfuerzo, ascendió en la estructura de la empresa para volverse director de un piso completo, ahora él era alguien importante.

Ya no era aquel niño “gordito” y “morenito” que era “bulleado” por sus demás compañeros de clase, durante la mayor parte de su vida. No, este nuevo Julián estaba a un abismo de diferencia de ser aquella persona que no tenía amigos, y que solo a través de sus estudios pudo salir de la colonia en la que vivía.

Ya no era aquel pobre diablo que nunca tuvo novia, ahora era ya un hombre hecho y derecho, sin novia aún, pero que de vez en cuando se daba ciertos lujos al contratar a alguna escort en esas noches de soledad en su departamento, azotea, de estudiante en la Colonia del Valle. Ya hasta tenía coche y vestía con las marcas más conocidas de ropa; claro que las compraba cuando había rebaja y a causa de los intereses tenía ya unas cuantas deudas en ciertas tarjetas de crédito, sin embargo, eso no le preocupaba, sabía que saldría de esa, además no podía permitirse pensamientos negativos, a unos días de mudarse, por fin, a uno de los lugares más populares y con mayor estatus de la Ciudad de México, la Colonia Roma.

Y es que con mucho trabajo pudo conseguir un departamento muy bonito en la calle de Colima, en el quinto piso de un edificio muy moderno que contrastaba con el ‘art déco’ del resto de la calle. Los antiguos inquilinos, una joven familia que consistía de los padres y una niña adoptada, tardaron en irse, pero por fin ya no estaban y en unos días Julián viviría como una persona, de su ahora nueva categoría, debería vivir.

Después de la mudanza los días pasaban entre trabajar por las mañanas en la oficina y llegar a su nuevo hogar para acomodar las nuevas cosas que había comprado a intereses en una tienda departamental, una sala de piel en color blanco, una cama grande, un refrigerador de dos puertas y una televisión de muy alta definición llenaban los huecos que vivir en una azotea le habían dejado, cada noche dormía mejor que la noche anterior y su primera semana lo colmaban de esa dicha por lo material, de esa ilusión de grandeza después de haber vivido bajo el pie de la desesperación, soledad e infravaloración de todos aquellos a los que había conocido. Y como los libros que había leído sobre aumentar el autoestima y el descubrimiento propio decían, cada mañana podía ver que esta era la vida que merecía, esta era la vida que el universo le debía. Durante esa primera semana, la vida era perfecta.

Algo cambió en la segunda semana, al caer la noche el aire comenzaba a volverse pesado y un olor fétido surgía del cuarto de servicio, y aún abriendo las ventanas y la puerta corrediza que daba a una pequeña terraza, el ambiente no se aligeraba y el olor no se iba. Durante las primeras dos noches le costaba dormir, por momentos escuchaba el llanto de una niña y que tocaban las ventanas, a esto se le sumaba un ruido de fondo, como el ruido de interferencia de una televisión prendida y patas de perro recorriendo toda la casa. Julián se paraba en la madrugada sólo para comprobar que estaba solo y que el aire era difícil de asimilar y el olor fétido persistía.

Al tercer día Julián no asistió a su trabajo, se había reportado enfermo, lo cual no estaba tan alejado de la verdad, pues desde la noche anterior un fuerte dolor de cabeza persistía en él, sin embargo, más que ponerlo en cama solo era molesto. Aprovechó su estadía en casa para llamar a un plomero que viniera a revisar las tuberías del cuarto de servicio para que de una vez por todas se quitara aquel hórrido olor fétido. El dolor de cabeza persistía, y para cuando llegó el plomero Julián estaba en el baño limpiándose la nariz por una hemorragia que le había surgido sin previo aviso, esto le extraño demasiado, ya que nunca le había pasado, pero siempre hay una primera vez para todo.

Apurado le abre al plomero, el cual lo mira extrañado ya que tenía rastros de sangre en su playera, Julián se disculpó diciéndole que había sufrido un accidente y sin más, le dijo al plomero que le urgía que revisara las tuberías del cuarto de servicio ya que al caer la noche un olor fétido comenzaba a llenar su hogar. El plomero hizo lo suyo y al terminar su labor le dijo a Julián que no había encontrado nada que obstruyera las tuberías, más que unos pequeños pedazos de lo que parecía ser carne molida ya en estado de putrefacción, por lo que supuso que ese era el origen del fétido olor. Julián quedó complacido por esto, le pagó al plomero y una vez que este se fue se dispuso a dormir un poco en la sala.

El sueño que tuvo, más bien pesadilla, fue extraño por decir lo menos, en ella estaba sentado frente a él mismo y un ruido de fondo comenzaba a escucharse cada vez más fuerte, era aquel ruido de estática de una televisión encendida y con cada aumento de decibeles, lágrimas negras comenzaban a brotar de Julián, su sollozo era cada vez más audible, pero de pronto una carcajada desencajada brotaba de él, ahora la escena había cambiado y se veía en el reflejo de un espejo, mismo reflejo que mostraba manos agarrando su cuerpo mientras él reía con lágrimas negras brotando de sus ojos, sentía dolor en todo su cuerpo y entre risas y lágrimas dos manos comenzaron a abrir su pecho desde adentro, se escuchaba el crujir del esternón y el sonido aguado de sus órganos cayendo al piso, la sangre manchaba el espejo y un grito espeluznante lo despertó de aquella extraña y horrible pesadilla, su propio grito lo despertó.

Limpió sus lágrimas y se dio cuenta que la noche comenzaba a caer, lo más extraño para él en ese momento fue encontrar una gotas negras justo al pié de la televisión. No se sentía bien, la ansiedad comenzaba a inundar su cabeza, misma que hace tiempo que no sentía, desde sus años de estudiante no había tenido esa angustia. Prendió todas las luces de su hogar y decidió prepararse un té. Estando en la cocina esperando a que hirviera el agua de la tetera, se dio cuenta que el olor fétido no se había ido, para colmo, un líquido negro había manchado el piso, pensó que el plomero no había limpiado el lugar de trabajo y eso le molestó de sobremanera, pero haciendo una inspección más detallada, se dio cuenta que las manchas del líquido negro estaban puestas premeditadamente, pareciera que unos dedos pequeños habían estado esparciendo aquella suciedad, Julián estaba perdido en esta extrañeza cuando un ruido muy fuerte lo sacó de su transe, una puerta se había azotado fuertemente.

Julián asustado se levantó y fue hacía la sala, misma que da a un pasillo que lleva a dos recamaras, él se quedó justo a la entrada del pasillo, titubeando sobre dar el primer paso para revisar, cuando de pronto un nuevo sonido lo congela en ese sitio, era la televisión que se prendió de golpe dejando que el sonido de estática inundara la escena tan surreal en la que Julián estaba.

Julián estaba hipnotizado por la pantalla encendida que solo mostraba estática, parecía que la misma lo invitaba a acercarse más y más, de pronto sintió la presencia de algo pequeño pasando cerca de su cintura, como un niño que pasa corriendo, Julián volteó para ver una pequeña sombra corriendo hacía la puerta del baño que estaba al fondo del pasillo, justo enfrente de él. Las luces del sala comienzan a parpadear y el ruido de estática comienza a aumentar al tiempo en que la puerta del baño comienza a abrirse lentamente; Julián da pasos lentos hacia el baño y empieza a notar un ruido muy tenue, tenue por el ruido de fondo de la estática de la televisión, pero aquel sonido comenzaba a hacerse más claro con cada paso que daba hacia el baño, era el llanto de una niña, eso notó Julián al estar a dos pasos del baño.

Rápidamente entró al baño para revisarlo y, con horror, se da cuenta que el lavabo estaba inundado de sangre y un líquido negro manchaba el espejo con una sola palabra: ¡Tú!

Julián estaba anonadado ante tan hórrida escena, sin embargo en la orilla de su visión notó dos sombras el final del pasillo, eran dos figuras masculinas pero había algo horroroso en ellas. Una, tenía tentáculos a sus espaldas, mismos que se movían de manera hipnótica, sus brazos eran más largos y sus dedos terminaban en lo que se figuraba eran patas como de araña, la otra compartía ciertas características menos los tentáculos, además de que la cabeza colgaba del cuello pero de manera horrible, ya que estaba completamente volteada, los ojos lo veían fijamente, pero no parecían vivos. Ambas figuras estaban ahí paradas, al final del pasillo, Julián no podía dar crédito a tan horrible visión, dando un paso hacia atrás, las dos figuras comenzaron a correr hacia él, rápidamente Julián se encierra en el baño poniendo el seguro de la puerta, misma que se sacude con cada embestida que dan aquellos monstruos.

Los ojos de Julián comienzan a inundarse de lágrimas, su vista se nubla y comienza a sollozar:

-Basta, esto es imposible, ¡ustedes ya no deberían estar aquí!.

Pareciera que se va a desmayar, apoya su mano derecha en el lavabo para sentir una pequeña mano tocando la suya, limpiándose las lágrimas mira con horror que del charco de sangre del lavabo salen dos manos pequeñas, una se sostiene de su mano, rasguñando su piel, otra  se sostiene de la orilla del lavabo, como queriendo escalar para salir. El dolor en su mano derecha se vuelve insoportable pero no se puede safar, las pequeñas uñas de aquella mano están encajadas en su piel, de pronto nota que de la parte de abajo de la puerta del baño comienzan a entrar los dedos de aquellos monstruos, aquellas patas de araña rasgaban la madera de la puerta. Julián en un horror casi indescriptible grita:

-¡No, déjenme ya!

A todo esto se le sumaba el dolor de cabeza y una hemorragia nasal, ahora el sonido de estática estaba dentro de su cabeza, como espinas penetrando su cerebro, ante tal dolor comienza a tener arcadas que preceden a un vómito negro, mismo que cae al suelo con un sonido aguado. De pronto, las manos pequeñas lo sueltan, Julián se lleva la mano derecha al pecho, apretándola con su mano izquierda; mirando fijamente a la puerta, Julián baja la mirada para darse cuenta que las patas de araña empiezan a destrozar la puerta pedazo por pedazo, él les grita, en una combinación de ira y miedo profundo:

-¡Ustedes están muertos!.

En esa misma visión Julián nota que del líquido negro que vomitó se empiezan a formar burbujas, mismas que poco a poco se vuelven sólidas y forman el rostro de una niña pequeña, él, horrorizado, cae en la regadera y llorando con profundo miedo le dice a aquel rostro horrible de su propio vómito:

-Ustedes ya no deberían de estar aquí-.

A lo que el rostro responde con un susurro ahogado en líquido.-Fuiste tú.

Seguido de esto, las mismas patas de araña salen del boca de la niña, mismas que se transforman en tentáculos que toman por los tobillos a Julián, él siente que lo queman y sin poder aguantar más, pierde el conocimiento. Julián despierta de golpe, tardando en asimilar, se da cuenta que está en la cama y sentándose a la orilla de la misma nota que su mano derecha duele, al mirarla observa las heridas aún frescas, infligidas por lo que parece ser uñas pequeñas.

Julián se levanta y pasa al baño, para observar un charco negro en el piso, en medio de la puerta y la regadera, se mira en el espejo y comienza a recordar lo que había soñado, monstruos con patas de araña y el rostro de una niña que le susurró: -Fuiste tú.

Sabía que eso era imposible, ¿cómo podía ser? Él no creía en los fantasmas, ¿¡cómo creer en la vida después de la muerte, si el universo había conspirado a favor de él!?

Desde que encontró ese edificio en el lugar adecuado de la Colonia Roma, desde que acechó a esa familia de homosexuales con una hija adoptada, todo salió de acuerdo al plan, todo quedó como el universo lo dispuso cuando irrumpió en ese hogar con la excusa de vender productos de limpieza, nadie lo detuvo cuando asesinó a los papás y a la hija, cuando los descuartizó para licuarlos parte por parte y tirar los restos por los lavabos.

¿¡Cómo pensar que ahora el universo lo torturaba con las horribles visiones de los muertos, si después de tanto esfuerzo había conseguido vivir en el lugar que él había soñado!?

Se lo merecía, después de tanto abuso, él se merecía ser el hombre, ser el jefe, tener el estatus. La alarma del reloj digital de su cuarto lo sacó de golpe de estos pensamientos, tenía que prepararse ya para ir a trabajar, ese departamento en la Roma no se iba a pagar solo. Después de todo, vivir en la Colonia Roma era lo que siempre había querido y nada ni nadie le iba a quitar esa oportunidad, como lo leyó en alguno de sus libros para subir el autoestima: ‘lucha por lo que quieres y que nada te ponga un alto’.

Foto: Hugo Morales